domingo, 19 de julio de 2015

Gritos

 Giras y ves luces de neón por todas partes, desestabilizando tus volteretas ya que al entrar en un mundo paraleo pierdes la noción de la realidad que vives para luego abrir los ojos -mareado- y sonreír por el viaje.
Te cuelgas en el techo y avanzas dando saltos como un ave pequeña acercándose a su diminuta presa pero con el brillo del sol caído en tu espalda, tatuada de dragones y hadas, con tu mirada de diamante y escarlata. El torbellino de tu andar da paso a un estela de chispas multicolores que sobresalen sobre el suelo de madera, opaco y brilloso.
 El ambiente es húmedo y frío pero en tu pecho arde un sin fin de volcanes, a punto de estallar, esperando hacerlo, gritando. Tu alma es multicolor y visible, unida a tu ser y comunicada con el todo, pero descoyuntada, mientras tu cuerpo se desintegra en el plano y se hace partículas para volver a agruparse danzando melodías de sirenas y tormentos de dioses.
 Y si te colocas un arma en la sien, y bailas hasta el cansancio, y cantas sollozando o pintas mascullando, todo va a tener un sentido cuando veas hacia atrás y observes como cada paso fue una pincelada, que aunque extraña y pegajosa da color a una historia. Quieres ahogarte en un mar de tranquilidad, rebotando entre las burbujas de lo que fuiste y lo que podrías ser, pero tranquilo y hundiéndote -muy profundo-, tan profundo hasta llegar al final y entender para que giras, o brillas, o caes o ves el mundo con tus ojos escarlata.
 Si pudiera tan solo convertirme en un ser tangible y estar a tu lado para rescatar, a veces, siempre, alguna vez, un poco de tu ser discontinuo y traerlo uno con el otro para que vuelvan a ser uno, lo haría, si de tus hombros no emanaran destellos escapistas y cegadoras que no me permitan observarte a los ojos, y confundido, termines escapando como una ardilla escurridiza, casi alegre de escapar.
 Siento el fuego que nace desde tu pecho, un sol rojo, amarillo, anaranjado y verde, sobre todo verde, que ilumina tu cuerpo y te eleva, en cada giro, golpe al suelo, a la pared, a tu cabeza. Giros y  gritos penetrantes que acuden al momento del crimen en el momento exacto, agarrando al asesino con las manos manchadas de tristeza, o rabia, pero no tuya, no, de todos, del mundo.
 Miras al espejo de nuevo, respiras hondo una vez más, colocas tus agujetas y las aprietas con fuerza: tocas tu pecho y sientes como late tu corazón, aun estás vivo y sientes. Y giras. Sales, y gritas. No importa, solo grita, canta, vuela y vuelves a gritar. 
Moriras, pero como un bengala. 

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