sábado, 12 de marzo de 2022

Fragmentos |1 a 50| Seminario de escritura | Elementales

Fragmento n°1: El populoso mar

 El peso del agua aprieta mis pulmones, mis oídos tapados parecen estar a punto de estallar. Como si pudiera extraer oxígeno de los alrededores, libero la porción de aire que queda dentro de mi. Las burbujas de mi último aliento danzan dentro del agua y de forma ascendente, directo al cielo: yo sin embargo caigo, desciendo como una pluma hacia el abismo mientras la sal lastima mi garganta. El desesperado intento por librarme del peso que estaba atado a mis piernas se convirtió en una calma extraña y, aunque mi pecho estaba hirviendo de dolor por el ingreso del mar, me detuve a observar las explosiones sobre mí, rendido y maravillado por la belleza de la muerte. Flotando dentro del ceñido frío, extiendo mi brazo como si alguien pudiera ayudarme, como si buscara que la luz de la luna tuviera la posibilidad de sentir compasión por mi, con la infantil esperanza de ver entrar al agua la cálida palma de mi madre con la intención de ponerme a salvo como un niño. Cada estallido es replicado en mi iris pero, bajo el agua, todo es silencio: ''Entonces ¿es así cómo voy a morir?''. 

 Un ser pequeño se pone frente de mí, todo acontece tan rápido que me limito a mirar sus detalles mientras la visión se me apaga poco a poco. El golpe que me provoca en el pecho es tan fuerte que lleva sangre a todo mi cuerpo; el segundo me empuja algunos metros hacia atrás dando giros sobre mí en tanto una fuerza extraña corta la cuerda que sujeta el objeto metálico, aquel deseoso de llevarme hasta las profundidades. Pero fue en el tercer impacto cuando sentí un calor inmenso, apagando el ardor que generaba sostener el mar en mi interior. El silencio desaparece, escucho al océano, puedo sentir las vibraciones de las profundidades en cada poro de la piel, no necesito respirar porque siento el oxigeno del agua filtrando en todo mi cuerpo, de alguna forma oigo las olas rompiendo en las costas y los pájaros sobrevolando. Peces de diversas especies se aproximan, me envuelven con una delicada coreografía: no sólo siento el mar, él también me siente a mí. Un halo tenue de luz añil rodea mi semblanza a la par que una voz nerviosa que me susurra, nacida desde alguna parte del alma, y me dice que no hay mucho tiempo, que es hora de alejarme de este lugar. El inmenso barco en el que estaba empieza a hundirse sobre mi cabeza, casi inconscientemente nado con la velocidad de un lobo de montaña hasta el fondo, abriéndome paso entre aquellos peces que me marcan el camino. Con un fuerte impulso generado desde un coral, mi cuerpo esquiva las piezas de madera que caen desde la superficie y se aleja de la voz quejosa de la colonia que usé como base: "Perdón", le dice aquello en mí. Desde el pecho, una consistente luz se hace camino entre la oscuridad, los animales se alejan para dar lugar a una fuerte corriente marina que me dispara con la velocidad de la flecha de un arquero: pierdo el conocimiento. 

 Los espasmos me despiertan en las orillas de una isla cercana, se transforman en carraspeos y evolucionan en una tos incontrolable. Algo se asoma por mi garganta: sin fuerzas, el ser azulado sale de un tamaño mayor al que vi bajo el agua, noté que tomó una forma redondeada recién en mis manos, quizá para no lastimarme. Por su piel, permeable y traslucida, deja emanar el agua que recogió de mis pulmones. El aura añil que proyecta se va apagando junto a mis dolores, el elemental acuático me mira, sonríe con ternura y se transforma en un charco entre mis manos que se mezcla con las lagrimas de mi miedo, confusión y pena. Sosteniendo aún aquel espíritu, giro y veo que a varios millas el fuego de los otros dos barcos sigue ardiendo. 
 La luna, que fue mi testigo desde el comienzo, es la misma que me observa dejar ir a mi salvador sobre la masa de agua salada y que, segundos después, ilumina aún más las luces índigo de otros como él que fueron mostrándose uno a uno sobre la superficie del agua, creando una constelación en movimiento, mirándonos en este -ahora- populoso mar.

Fragmento n°2: El alba

"En la penumbra puedo verte mejor, hasta puedo percibir aún más tu fragancia a lavanda ¿cómo es que jamás me canso de ese perfume? Te veo en el albor, no te muestres demasiado" Estoy fuera de casa esperando su llegada, no falta mucho para el alba. Tengo algo de frío pero este hueco en el árbol es perfecto para resguardarme. La lampara de aceite es un objeto muy peculiar, me detengo a ver su llama en medio de la oscuridad del bosque. No tardó mucho tiempo hasta que el primer elemental de fuego apareció, no debe verme como una amenaza aunque vino en forma de luciérnaga. Puedo sentirlo, a todo y a todos. Mi abuela decía que era un don que debía profundizar, pero no creo que una fuerte sensibilidad a mi entorno pueda ser algo de lo cual enorgullecerme, en ocasiones lastima. Y yo, en medio de la vegetación, tan sólo quiero perderme en mí antes de su llegada. Es difícil poder autoconocerse en un mundo tan doloroso, cuando los árboles se lamentan, los gorriones anuncian la llegada de tropas y los espíritus me susurran por lo bajo.
 Ya son varias las luciérnagas y yo, en mi anhelo por conocerlos mejor, los saludo: no hay respuesta. Me pregunto si podrán entender el idioma humano, ¿tienen alguna lengua?. Desde que aconteció el gran evento, todos estos seres pueden verse. Hay de todo tipo, tamaño y forma; por ahora sólo vi los naturales y los de fuego, pero no simpatizan mucho con los humanos y no los juzgo por ello. Mis favoritos son estos, los que copian a las luciérnagas para camuflarse. Cuando me concentro en su fogosa y camuflada imagen, vienen a mí recuerdos que nunca tuve, anécdotas que jamás viví: respiro y me duermo entre luces y hojas.

 No hay más que oscuridad. Mi cuerpo está ceñido -atrapado- entre paredes de vegetal, y no tardan en decirme con delicadeza que me quede quieta. Fue la primera vez que escuché sus voces, pueden imitarnos a la perfección pero sin emitir ningún sonido, se percibe desde otro lugar que no puedo precisar; entonces es cuando lo escucho llegar. Necesito salir de ahí, me muevo violentamente pero nada parece funcionar: "¡Amanda, ven!"/"¡Amanda, aléjate!", grita contradiciéndose, "¡Ya casi comienza el alba!"/ ''¡No te acerques al alba!". Aunque grito su nombre y no paro de moverme, los habitantes del árbol no se alteran y, de nuevo, se limitan a decirme que tengo que calmarme. Acto seguido mi sangre se congela, el grito que sale de su boca se entremezcla con el de estallidos, una orquesta perturbadora. Algunas luciérnagas se encienden dentro, a mi lado, lejos también del espectáculo. Las paredes que me contenían comienzan a calentarse y, si bien las explosiones cesaron, puedo oír gritos a lo lejos. Aquellos insectos de luz perforaron el tronco del inmenso árbol que me contenía, y mientras lo hacían, dejaban ver sus verdaderas formas. Desesperados estallan hasta lograr librarme. Muchos me rodean cuando estoy fuera y, tan sorprendidos como yo, vemos que nada ha ocurrido.

Una respiración profunda por mi boca, despierto entre gritos. Tengo la cabeza llena de luciérnagas que se alejan rápido tras mi chillido. A lo lejos veo una antorcha, el horizonte comienza a iluminarse y yo me sonrojo entre lágrimas de alegría: aquellos espíritus me jugaron una broma de muy mal gusto. Camino entre los árboles con la lampara de aceite en mis manos, directo al encuentro. Aún cómo delicados insectos luminosos algunos se ponen delante mio, otros me tironean del cabello, mientras los más fuertes intentan pararme empujando mi pecho. "Suficiente", les susurro. Solo necesito unos minutos con él antes de su partida. Su brazo se agita desde la colina, ubicado justo delante del alba, justo debajo de la primera explosión. Nunca vi un alba tan brillante, todo huele a lavanda.

Fragmento n°3: La tarde

 La herida cerró y puedo subir a los árboles sin ningún problema. Aún hay demasiada luz para bajar, no puedo entrar hasta que sea el momento. Algunas tropas están dentro pero cuando cae la tarde hacen guardia desde fuera. Hace unos días volví en búsqueda del artefacto pero ellos ya estaban haciendo guardia.
 Cuando cae la noche nadie puede entrar ni salir, por lo tanto es en el ocaso mi oportunidad de entrar. Bañadas por la luz de la luna que parecen energizarlas, las inmensas puertas de roca se cierran, dando lugar a la aparición de la oscuridad. Ya son varios los que han muerto o desaparecido al quedar dentro: caen desde grandes alturas, aparecen destrozados o son encontrados al día siguiente con la mirada perdida o totalmente desquiciados. Sólo fue una joven la que pudo contar con detalle lo que acontecía allí dentro, pero aún lamento no tener esa información conmigo.

 Pasó poco más de un año desde que la gran explosión tuvo lugar. Fatuo suele perderse mirando el cielo, está fijando su mirada al arco de nubes que dejó la columna de energía, aquellas que se mantienen detenidas en el tiempo, petrificadas en un aro gigantesco que gira en su eje desde el impacto. 
 No conozco a nadie que tenga un elemental como amigo, y menos que haya visto el nacimiento de uno. Era un atardecer imponente, el frío era calmado gracias a una fogata pequeña que mantenía mi calor. Ese día amanecí intranquilo por algún motivo. Recuerdo estar entibiando mis manos cerca del fuego cuando el temblor llegó y, a lo lejos entre las montañas, veo la columna atravesando las nubes. El cielo se llenó de relámpagos, las aves volaban en sentidos varios y yo me aferré al collar de mi cuello: la onda expansiva se pudo ver viajar desde la cima y, al llegar a mí junto a un estruendo que sonó por todo el reino, me sacudió hasta chocar en un tronco cercano. Desde el suelo, y volviendo la vista hacia arriba, tan solo una linea de luz quedaba en el espacio ya habiendo generado aquella formación de nubes. La fogata se había apagado y de las cenizas un pequeño ser rojizo salió extendiendo sus diminutas extremidades. El color de su cuerpo variaba de naranjas fuertes a rojizos oscuros, me recordaba a un carbón encendido. Al verme no dudó en esconderse entre varias ramas, yo jamás había visto nada por el estilo pero después de la explosión era lo que menos me sorprendía. Mientras la peculiar tormenta se disipaba, el aire se tornaba diferente, el bosque parecía más ruidoso de lo habitual.

 Vuelvo de mis pensamientos cuando Fatuo me murmura desde el hombro, ya casi es hora. No sé que están protegiendo pero yo sólo tengo que ir en búsqueda de la espada, esperar hasta que las puertas se abran y salir. Pagarán muchísimo en el mercado negro por ella así que vale la pena el riesgo. El día del atraco fui acompañado de un reciente integrante de la hermandad, un novato con algunos años más que yo que fue puesto a prueba. Se suponía que el robo debía ser rápido, sin ningún problema, pero todo se nos fue de las manos cuando descubrimos que el artefacto era mucho más valioso de lo que nos habían dicho. La tarde caía y nos encontrábamos escapando perseguidos por tres jinetes armados. Mi compañero tomó la espada y siguió corriendo sin escuchar mis indicaciones, mientras Fatuo y yo nos subimos deprisa a un árbol justo antes de que nos vieran. Preso del pánico atravesó el marco de roca junto a los perseguidores, justo antes de que las puertas se cerraran en el ocaso que dio lugar el atardecer. 
 Está saliendo el segundo grupo, ya casi es hora. Mi pequeño amigo se escabulle en mi manga derecha y yo me aferro fuerte a las cuerdas desde la ladera. Tan solo unos minutos después escucho el sonido de las puertas y me lanzo como un animal a su presa, deseoso de lograr el balanceo perfecto para lograr entrar. Mis manos arden, percibo algunos gritos de las tropas y, sin siquiera permitirles cargar una flecha en sus arcos, toco el suelo de la cueva mientras se abalanzan a mí, siendo obstaculizados por el gran muro de piedra.
 Un camino de antorchas se adentra hasta las profundidades, veo el terreno con claridad. Un alarido espeluznante retumba desde el interior golpeando cada esquina del lugar, trayendo consigo un fuerte viento que terminó apagando una a una las llamas que iluminaban. 
Saco la lámpara de aceite pero ni yo ni el fuego de Fatuo podemos hacerla arder. Ahora nuestra única fuente de luz es mi compañero, aquel que flota unos pocos metros delante mío señalándome las depresiones que dan paso a las caídas que de serlas serían letales. 
 Siento algo extraño en mi pecho, como si un vacío exageradamente frío se expandiera desde allí. Fatuo se acerca, se apoya en mi, abre sus ojos con energía y, de inmediato, vuela como un ave en picada hacia una dirección. Con miedo, intento seguir cada línea del terreno en el que pasa, asegurándome que sea seguro. Atraviesa una entrada peculiar, brilla fuerte desde dentro y al pasar me quedo atónito: la espada que buscaba está en manos del novato, la agita gustoso y sonríe por verme. Fatuo se aleja, golpea mi pecho y vocifera desesperado: la piel del hombre se abrió hasta hacerse lodo negro, traga en su cuerpo el artefacto y crece más de lo que la luz de mi compañero, intentando esconderse dentro de mí, puede alumbrar: "Espero puedas perdonarme por esto, Fausto", dice mientras viene por mi.

Fragmento n°4: Las muchedumbres de América

 Después de toda una vida juntos, América se quedó sola en la cabaña tras la muerte de su esposo. Se conocieron cuando eran jóvenes y ambos compartían un mismo sueño: vivir cerca del bosque en alguna pradera alejada de los pueblos. Si bien lo querían con locura, no podían concebir un niño, siendo el paso de los años el sujeto que les terminó arrebatando ese deseo. Día tras día su marido se dedicaba al trabajo de la madera, mientras ella cultivaba gustosamente. Pero América no sólo invertía su tiempo en la tierra de esa forma, también amaba cuidar sus hermosas flores. Las tenía de todos colores, formas y especies, pero ella tenía una especial fijación en sus aromáticas lavandas.
 Era una tarde fría y el invierno estaba a punto de llegar, se podía respirar en el aire, así que decidió preparar un té de lavanda (extraídas de su propio jardín) y llevársela a su marido que había pasado todo el día cortando leña. La taza, aunque de un material muy fino, no se rompió al caer, cuidada por el campo de césped. Aquel hombre que vio sus arrugas florecer, se encontraba marchito, sentado en el suelo y con sus ojos cerrados. Las llamadas de Américas nunca fueron respondidas.
 Era un atardecer extraño cuando las nubes oscuras vaticinaban tormenta: las rendijas de la puerta principal y trasera ya habían sido tapadas por unos resistentes trapos tejidos, cuando la tetera sobre el fuego avisa que es hora de un descanso. Con las manos abrazando el té de lavanda, se sienta en su silla de madera con su vista en el cielo. Una lagrima tímida baja por sus rebeldes arrugas y fue en ella donde se refleja lo que su creadora ve: la gran explosión. Desde la cima observa como una ola de poder viene directo hacia ella, haciendo que se levante con la rapidez de una adolescente y tranque la ventana: sólo quedaba esperar el impacto. La cabaña debió ser fuertemente golpeada, sin embargo sólo una luz del color de la luna se vio entre las grietas de la madera acompañada de una leve caricia del viento. Lenta pero segura, levanta sus temblorosas manos y las usa para abrir su vista al exterior: una muchedumbre de seres pequeños, que ella jamás había visto, se sueltan de las manos luego de proteger su hogar. Aturdida, observa como la saludan con cariño e ingresan en las flores que con tanto amor cuidó por años. Tan sólo una quedaba fuera luego de que todas regresaran, la misma que antes de desaparecer tomó la forma de su marido difunto y que tras un saludo se volvió en la misma lavanda que había usado para extraer el material con el que haría su último té. En ese momento se dio cuenta que nunca más volvería a estar sola.

Fragmento n°5: Una plateada telaraña

 Luego de que el mundo se llenara de esta magia tan desconocida, mi vida cobró otro sentido, ya nada volvió a ser aburrido. Sabía que no podía ser un artesano toda la vida, aquel trabajo de mi padre es valioso pero no lo quiero como herencia, quiero crear mi propio destino.
 Poco se sabe de este nuevo mundo, a algunos elementales les cuesta mucho acercarse a los humanos, mientras otros atacan sin motivo alguno. Por estos motivos es que las personas no confían del todo en ellos, pero ¿acaso ellos no pensaran lo mismo sobre nosotros?. Es por todo esto que decidí enfrentar mis miedos, dejar mi hogar y emprender mi viaje: tengo que conocer todo acerca de ellos. Es mi tercer semana pero ya tengo información muy interesante en mi libro de viaje; por ejemplo, aprendí que los elementales del agua se transforman en peces para confundir a los pescadores y llevarlos lejos de los verdaderos animales acuáticos, o que una variación de estos seres de tierra se dedican a revivir a las flores y curar los troncos de los árboles lastimados por los humanos.
 Hace poco decidí visitar el pueblo de Nerva, un lugar conocido en el reino por su exquisita cerveza de especias. Fue allí en la taberna donde conocí a Amanda, una joven preciosa de mirada melancólica que, al enterarse que era un explorador investigando los elementales, no dudó en contarme su historia. Después del ataque en este pueblo, los pueblerinos temen alejarse demasiado de sus familias si no es por trabajo, pero al parecer ella se adentra en el bosque a diario. Dice que allí tiene amigos elementales que no me harán daño pero que se esconderán, analizando si soy un peligro para ellos y su entorno. No hacía falta que le pregunte demasiado, parecía alguien interesada en protegerme e informarme con detalle: "No te adentres demasiado, hay unos seres más pesados que los elementales, seres que puedes reconocer por su pestilente olor a putrefacción. Al parecer no fui la única que los conoció ya que no hace mucho un grupo de niños volvió gritando, diciendo que vieron a un monstruo de sonrisa perturbadora cuya morada yacía en la pequeña cueva cerca del acantilado. A mi se me habían presentado igual, alto y repugnante, pero los elementales de fuego me revelaron que tan sólo es un disfraz, pero que de todas formas me mantenga alejada ya que incluso en su forma verdadera son muy peligrosos". Una necesidad imperiosa de curiosidad brotó emanada desde mi estómago, así que un día después estoy adentrándome entre los arboles, bañados de una luz cálida por el sol del atardecer. Al no poder detenerme, sintiéndose culpable por la información que podría ponerme en peligro, hizo unos raros cantos que atrajeron a tres luciérnagas cuyas diminutas patas se posaron en mis hombros. Amanda les dijo que me protejan y me avisen cuando ese ser oscuro esté cerca, pero me pidió que no ponga en peligro a sus amigos elementales por abusar de mi curiosidad, que experimente su presencia y me vaya rápido de allí.

 El sol empieza a esconderse, al parecer llegué más rápido de lo que pensé gracias a la guía de los diminutos seres de luz. Con una antorcha en mi mano derecha, lanzo una roca dentro del agujero en la piedra: nada sucede ni sale de la diminuta cueva. Los elementales que me acompañan se miran extrañados, al parecer este ser siempre yacía aquí. Decepcionado me siento y hago unos garabatos en mi libro de viaje mientras como unas bayas para recobrar energía. De pronto, un chirrido desesperado: uno de los seres que me acompañaba estaba atrapado en una telaraña que parecía estar hecha de plata. Aquel prisionero cambiaba de formas frenéticamente; una luciérnaga, un gorrión, un búho y su forma real. Los otros dos elementales intentaban liberarla cuando desde la copa de los árboles se asoma una araña de patas brillantes y ojos escalofriantes. No parecía el oscuro haber tomado una forma, esa araña era real pero de un tamaño increíble, ¿cómo logró algo así?. Podría haber corrido, debí haber corrido, pero en mi mente sólo podía escuchar la dulce voz de Amanda diciéndome que no ponga en peligro a sus amigos. El arácnido se acerca lento a su presa, pareciendo disfrutar de los chillidos desesperados, por lo que intento encender la trampa con el fuego de mi antorcha la cual no da resultado alguno. Frenético, tomo mi cuchillo de caza para saltar e intentar cortar la tela plateada. El resultado me deja perplejo, quedo colgado en medio de un bosque al que apenas conozco, lejos de mi hogar, lejos de mi objetivo. Mi mano queda pegada en aquel hilo espectral pero macizo, cubierto de una baba repulsiva con olor a muerte. Al parecer el último sabor en mi boca será el de estas dulces bayas azules.

Fragmento n°6: Un laberinto roto (Londres)

— Londres es una imbécil, o al menos muchos la llaman así, pero al mismo tiempo la más hábil ladrona de todo el reino de Saica. Ganó popularidad entre su gente luego de lograr evitar la seguridad del palacio y robar una magnifica joya de la mismísima reina. Con una estima indestructible, ideó un nuevo plan, esta vez el objetivo sería la corona del rey. Mientras tanto, siempre a su sombra, estaba Genar, un excelente ladrón de la hermandad que odiaba que Londres le quitara los elogios por sus fechorías. Así que, dispuesto a sacar del juego a su rival, se escabulle en los aposentos de su enemiga apropiándose de información acerca del segundo golpe al rey. Sintiéndose dichoso, y sin que nadie de la hermandad sepa acerca de esto, se aproxima hasta los soldados y les dice que tiene algunas cosas importantes que decirle al rey, evento que podría poner en peligro su vida. Genár mentía, Londres no era tan estúpida como para intentar hacerle daño a la máxima autoridad, sólo quería esa horrenda corona para luego irse. Y así fue como llegó el día del golpe, nada podía salir mal, el plan era perfecto: una cuerda con un gancho en un extremo la hace subir desde el norte del palacio, en la zona más oscura; baja las escaleras del este, espera a que el guardia se distraiga al lanzar una roca por el hueco superior que la dirige hasta el patio, dándole tiempo a subir por la escalera oeste; y cuando está a punto de entrar a la habitación número siete, remarcada en el mapa como "Robar algún bonito reloj", un puño hace que sus ojos se cierren súbitamente. Al abrirlos, mira para todos lados, confundida y adolorida, "Pero ¿cómo? ¿estoy en el laberinto?". Así que, luego de dos semanas en una celda horrenda, de la cárcel más segura del reino, junto a un hombre por demás raro, decide dar su nuevo golpe un día antes de que le corten la cabeza de forma pública: el escape del laberinto.

— Creo que escuché esa historia más de mil veces, Londres. Ahora ¿en serio crees que funcione el plan?
— No sin una linda explosión. — Asombrado, el compañero de celda se limita a alejar el polvo que la explosión hizo liberar de cada ladrillo lindante. Un guardia abre la puerta de los prisioneros y hace un extraño gesto que Londres asiente guiñando su ojo derecho. — ¿Qué? ¡La forma más fácil de salir de un laberinto es cuando está roto!

Fragmento n°7: Interminables ojos

 La intranquilidad y la culpa pudieron con ella, no podía dejar sólo a aquel joven aventurero de buenas intenciones. Sosteniendo la misma lampara que utiliza cada día en sus caminatas, la acompañan varios elementales de fuego ocultos en forma de luciérnagas. Una ansiedad extraña la carcome cada vez más, y uno de sus amigos -sintiendo empatía por ella- se apoya en su pecho agitado para calmarla. "Derecha, delante, izquierda, seguir unos metros luego del manzano, volver a la derecha", murmuraba por lo bajo a pasos ligeros, hasta que un chirrido estremecedor paraliza su andar: "¡Es uno de ustedes!". Corriendo y apartando las ramas bajas de los árboles, Amanda llega hasta el claro para ver un panorama horrendo: Manuel estaba suspendido en el aire junto a un elemental de fuego, mientras un ser siniestro se dirige hacia a ellos. El grito hace girar la cabeza de la araña directo a ella: "Pero ¿qué es ese monstruo de interminables ojos?". El gigante animal dispara una olorosa seda pegajosa que Amanda esquiva a los tumbos, al levantar la mirada ve como la luz de la luna hace brillar la trampa de tela plateada. La araña se lanza desde lo alto, gira la cabeza de forma frenética y abre su boca repleta de dientes para sacar su lengua roja de la sangre de alguna presa anterior. Todas las luciérnagas tomaron su forma real y comenzaron a distraer al monstruo golpeándolo desde diversos ángulos, generando ascuas, chispas y ceniza. Sin tocar la tela, Amanda logra liberar al Manuel quien tenia entre sus manos al elemental que cayó primero. Un sin fin de fuegos fatuos brillaban como una danza de batalla sobre la superficie frente de la cueva, haciendo retroceder al ser que lanzaba mordiscos al aire sin tener éxito en su caza. El elemental que había estado prisionero junto al aventurero, señala entre sonidos entrecortados una roca por encima de la cueva.

— No tenemos con qué matarla, pero podemos encerrarla. — dice la chica quien apenas estaba escuchando los agradecimientos del aventurero por salvarle la vida, preocupada por sus amigos espirituales — ¡Empújenla hasta la cueva! —. 

 Los dos escalan hasta estar sobre la cueva, golpe a golpe, el arácnido gigante retrocedía acercándose a su nueva prisión.

— Un poco más...un poco más... — murmuraba Manuel por lo bajo, esperando ambos el momento justo para dejar caer la piedra. — ¡Ahora! —.

Fragmento n°8: Todos los espejos del planeta


El murmullo que nace de mi interior
fue alguna vez la semilla de tu deseo
que por más que ya no anhelo
se impregna en mi expresión

Todos los espejos del planeta
tienen tu reflejo guardado
como el alma que sueña, durmiente
que todo se aclare en aquel prado

Y si no encontrás en el fuego
las lagrimas del amor perdido
que el punzante recuerdo de este ser ya frío
rompa en mil pedazos tu sueño

Porque profundo será el encuentro
cuando ya no quede más que la visión
de una tierra sin color,
prófuga de amor por tu miedo.

- Amanda

Fragmento n°9: Baldosas en un traspatio de la calle Soler

 La exquisita fragancia del pan recién horneado inunda mi nariz con placer. Jamás me atreví a dejar el metal e ir a dirigirle la palabra: una hermosa mujer como aquella nunca podría mirar con interés a alguien como yo. Me gusta manipular el metal porque suele ser fiel: la cualidad más bella que tiene es la de poder transformarse sólo con un fuego sofocante, me hace sentirme identificado, porque incluso tras el calor de las llamas, la fría alma que quedó después de la tormenta se mantiene guardada tras muros de cobre y hierro. Mis manos, gruesas y llenas de carbón, se dedican a golpear la futura arma que lejos estaré de blandir. Ella, con su delicado semblante de amatista, calma mi desesperado grito de ayuda con cada sonrisa de agradecimiento: ¿acaso seré capaz de transformarme alguna vez siendo ella el fuego que provoque mi forja? Tan sólo son unas baldosas rotas de este traspatio de Soler, pero para mi un laberinto que me hace vulnerable y, cobarde, me mantiene bajo un poderoso manto níveo.


Fragmento n°10: Racimos


 Marcio odiaba a los elementales, decía que eran entes que, si se unían, podrían acabar con todos nosotros. La gente tomaba diversas posturas acerca de ellos y por lo general no eran negativas. Sin embargo, el joven muchacho juraba haber visto en el bosque a uno de ellos atacar hasta la muerte a un viajero. Los pobladores de Frago hicieron oídos sordos, salvo unos hermanos gemelos adolescentes que temían que esto fuese cierto: Casio y Luper. A Casio lo asustaba la idea de que su padre y él fuesen atacados en el bosque, ya que eran leñadores y permanecían allí largas horas; en cambio el combustible de Luper era la pura curiosidad. Un día Marcio se reunió con ellos en un lugar pautado y se fueron en búsqueda y captura de uno de los espíritus naturales. Cualquiera fuese el tipo de elemental, lo que quería el hombre de nariz aguileña era poseer uno.

 El líder del trío no era más que un ignorante de ese mundo espiritual, pero sabía que por alguna razón, que aún desconocía, los elementales no podían atravesar la materia. Su equipo era simple, una lampara de aceite vacía, unos guantes de cuero y una soga. Casio sabía donde encontrar elementales, no hacía mucho que, trabajando con su padre, un elemental salió de su hogar en las flores y se apoyó en su hombro bailoteando con sonidos guturales. El susto hizo que diera un grito corto que provocó que el ser espiritual se oculte como una flecha bajo el largo pasto. Un camino de sangre empezó a emanar del hombro de Casio a causa de la huida del ser, la herida era superficial como si de una hoja filosa se tratase. Ambos comenzaron a atacar la vegetación con machetes, haciendo que un inesperado montón de insectos, muchos de ellos elementales de tierra camuflados, los alejaran hasta su hogar.

— Es acá —. Dijo Casio mientras señalaba unas flores en racimos de diversos colores.

Desde el acontecimiento mundial, no sólo había cambiado la vida de los humanos, sino la flora y la fauna también fueron afectadas. Pero la belleza de los cambios no fue apreciada por Marcio, quien sin dudarlo cortó varios tallos de un sólo ataque. Saltamontes, libélulas, moscas, escarabajos voladores, abejas y demás insectos comenzaron a rodearlos, cuando en la muchedumbre y la confusión, Marcio atrapa a unos cuantos de un manotazo y los deposita en la lámpara, encerrándolos sin posibilidad de escape.

— ¡Vamos, atrapé varios, seguro hay alguno dentro! —.

Fragmento n°11: Nieve


 Cuando era una niña, mi padre y yo caminábamos por el bosque donde me enseñaba las maravillas de la naturaleza: "¿No es increíble cuantas especies de plantas podemos encontrar, Eva?". No sólo aprendí a diferenciar el tipo de árbol, también aprendí a sentirlos. Él me decía que para conocer algo, o alguien, no bastaba con sólo usar un sentido, tenían que usarse más de uno para una mayor comprensión de aquello. Por lo tanto no sólo aprendí cómo se veía un Arce, sino también puedo diferenciarlos por la textura de su tronco y sus hojas, y sobre todo su fragancia. Las piedras ya no eran sólo piedras, eran parte de una gran totalidad natural. La tierra y agua se volvieron mis mayores aliados. Pasó ya un año desde que papá murió. Enfermó y no hubo nada que lo hiciese poner mejor. Todos nuestros ahorros se fueron junto a los mejores sanadores de Loke y Lune, pero ninguno pudo siquiera extender un poco su bella vida.

 Cuando camino por el bosque, vago por los ríos y subo algunas rocas en las laderas, siento que está acá conmigo, me regresiona a esos momentos de amor y aprendizaje. Pero hay algo que amo más que nada en el mundo; estuve atravesando las estaciones una a una hasta que llegue este momento. Su fragmento favorito del año era el invierno y nos encantaba hacer una simple pero hermosa cosa: escuchar el sonido del hielo quebrándose bajo nosotros. Así que, sosteniendo su anillo entre mis manos, me acuesto en el frío hielo del lago y apoyo mi oído en él. Sin buscarlo, el recuerdo de un yo niña viene hacia mí diciendo "Padre, suena como el latido de un corazón", y papá, incluso bajo la fina nieve de este prematuro invierno podría jurar sentir tu calor. Quiebro una muy pequeña porción de hielo y dejo caer el anillo en las profundidades.

Fragmento n°12: Tabaco 


 Londres entró a su hogar como un toro embistiendo, pero se recostó en su casa con la delicadeza del vuelo de un ave migrando. Mirando los tejidos que colgaban en su pecho, se pregunta cuál será el próximo paso: "¿acaso tiene que haber uno?". La lluvia golpeaba su ventana, el viento acariciaba su techo y la vela que daba luz a su morada parecía cansada, brillando con dificultad. En esa esquina de la ciudad todo resultaba más frío de lo habitual. El humo de tabaco bailaba lento sobre ella mientras una gotera dejaba oírse de vez en vez. Londres usaba el golpeteo para entonar la canción de cuna que su madre le cantaba cuando era una niña.



Es el fuego que intenta encender
a la lluvia que gusta mojar
y cuando pretende secar su humedad
sólo consigue apagarse y ceder.

Pero ese fuego nunca parará
porque el agua le causa dolor
y sólo conoce ese triste cantar
su origen en golpes y chispas está.

La lluvia en cambio busca soledad
en la tierra profundo cavar
y así resguardada encontrando la paz
durmiendo en raíces que la absorberá.

Pero es mutuo el deseo al final
en el otro ven su faltar
unidos por violenta pasión
en el aire podrán continuar.

Fragmento n°13: Vetas de metal

 Mey era una mujer trabajadora con un gran corazón, amaba a los niños y la artesanía, por lo que encontró en la creación de juguetes una pasión inamovible. Sus hijas, Dorotea y Estefanía, jugaban con sus manufacturas con el cuidado de no dejar ni un sólo rasguño cuando no eran de su pertenencia. Con el posible comienzo de una guerra, la venta de juguetes comenzó a empeorar, la gente prefería gastar su dinero en lo esencial, pero Mey no estaba preparada para cambiar su rubro. Los fines de semana dedicaba su mañana a darle el desayuno a los niños más pobres de Lune, pero en el último tiempo la cantidad de pequeños empezó a crecer y su posibilidad mermó, lo que le causó una gran angustia. Su marido en los cuarteles, su comercio a punto de quebrar y una familia que alimentar, la llevó a tomar una decisión: su madre cuidaría de sus hijas mientras ella iría a las ciudades aledañas para vender sus productos.
 Caballos de madera, pequeñas muñecas de trapo, caballeros de metal blando, eran algunos de los muchos juguetes que llevaba en un carro con ruedas. Para llegar a Loke, desde Lune, debía atravesar el bosque de Inverness, pero lejos estaba de temer a las leyendas que se habían montado del nuboso lugar. El sol estaba cayendo, los búhos cantaban la venida de la noche y su fuerte convicción era energía. Fue cuando la luna estaba erguida en el cielo que algo empezó a moverse en su carro de juguetes. Alertada, toma una herramienta de las que usa para tallar y apunta sin ánimo de atacar. Esperando un animal, Mey abre el saco con fuerza pero no hay nada extraño, tampoco nada se mueve, hasta que de los ojos de uno de los juguetes con la forma de un caballero se puede ver unas chispas de luz. Atónita, se tapa la boca para no dejar escapar un grito en medio del lugar. Las vetas de metal en el objeto ardían con luz impactante mientras su poco articulado cuerpo lanzaba rápidos movimientos torpes. "Pero, ¿qué es esto?" murmuraba Mey, ya sin miedo pero acercándose con cuidado. El juguete no dejaba de moverse de forma simplona y tierna: "Acaso sos... ¿uno de ellos?".

Fragmento n°14: Vapor de agua


 Estoy acá desde muy temprano porque a los elementales de agua les gusta danzar sobre el lago, haciendo espectáculos hermosos, con una armonía que no podría describir.

Ya van tres meses desde que empecé a investigarlos. Los elementales son seres por demás interesantes, siempre se aprenden cosas nuevas. Me cuesta imaginar el mundo sin ellos, todo ha cambiado desde el gran evento. Aún no sabemos por qué se dio ni cómo es que estos seres aparecieron en nuestra tierra. Si, hay muchas teorías pero todas se quedan en un plano de suposiciones que salen de gente de tabernas, teorías que a mí, como explorador buscando información desde la fuente, me parecen lejanas a lo que realmente habrá sucedido. Mientras tanto mi parte es investigarlos a ellos, a esos seres espirituales que se pueden ver a lo largo del mundo. Son varias las preguntas que tengo anotadas en mis diarios de viaje y que aún no puedo responder: ¿estos seres estaban entre nosotros antes del evento? ¿los cambios que se están dando en la naturaleza podrían afectarnos a los humanos?. Esta última pregunta está acrecentando la incertidumbre entre la gente de los pueblos y ciudades, pero es natural, todos le tememos a lo desconocido, algunos se alejan para defenderse, otros los ven como enemigos, sin embargo yo prefiero enfrentarme a ellos y embriagarme de su existencia toda.
 En lo que va del viaje pude precisar ciertas cosas que me parecen muy ricas para informar. No hay que ser muy inteligente para notar que hay cuatro tipos fundamentales de espirituales que se diferencian por los elementos: agua, tierra, fuego y aire. Los elementales están fuertemente ligados a sus elementos esenciales y como éstos rigen en la naturaleza. Si existían antes del gran evento, estoy seguro que ahora no sólo se pueden ver si no se esconden, sino que tiene mucho más poder. Es probable que éste nuevo poder les haya otorgado una mayor capacidad para manipular y cambiar la naturaleza. Por ahora el único oscuro con el que me topé fue con esa araña manipulada, la verdad espero no encontrarme otro muy pronto.
 Puedo ver bancos de peces danzando con los seres acuáticos, hay remolinos en cuatro puntas diferentes del lugar, columnas de agua que suben aleatoriamente y un arcoíris que generan las partículas de lluvia. Puedo ver como el vapor de agua empieza a subir con una densidad que me permite verlo con claridad. Algunos elementales de agua saludan al cielo mientras que otros saltan y caen junto a los peces con la gracia de delfines. La capacidad de transformación de los cuerpos reales de los de agua me tiene extasiado, lo mejor que puedo hacer ahora es observar y aprender el talento de la belleza de la adaptación por el cambio.

Fragmento n°15: Desiertos ecuatoriales


 Como caballero real mi misión es proteger la ciudad a como de lugar. Huérfano, pasé frío y hambre en las calles hasta que fui rescatado por los mismos que me dieron un nuevo propósito para seguir, un techo y un pan que sostener. Ésto es todo lo que soy, para lo que me formé. Mi vida fue tranquila desde entonces, los reinos estaban en paz, la comida no escaseaba, la división de trabajo no generaba ningún problema en el lugar: todo parecía próspero y en constante progreso. Luego de la gran explosión, los conflictos no tardaron de llegar a la Ciudad Centrar. El hijo del rey, Lucelum, desapareció entre confusión y caos. Algunos dicen que escapó camuflado mientras la columna de luz aún resplandecía en el cielo, otros comentan que vieron a un joven ser llevado por un grupo de hombres hasta el muelle de la ciudad, mientras un tercer grupo jura haberlo visto siendo acosado por un espíritu gigantesco que lo precipitó hasta el mar, desde el castillo, donde encontró su muerte. La búsqueda aún continúa: Una reina y un rey débiles, un príncipe que no aparece, los ataques de los rebeldes, un mundo atravesando un cambio aún inexplicable y una población llena de dudas y miedo: el panorama no pinta nada bien.
 Me sostengo usando mi espada como apoyo, en medio de lo que alguna vez fue una extensa línea de prado que hoy no es más que un desierto con un par de plantas espinosas y esos repugnantes espíritus rojizos. El mundo en el cual crecí y me formé ya no existe, este es un nuevo paisaje del que no espero nada bueno, pero mi deber es y será siempre proteger mi reino, mi vida, mi gente, cueste lo que cueste.

Fragmento n°16: Una mujer en Inverness

 La joven Margaret tenía un amor particular por los espíritus. Su don era natural e incluso podía comunicarse con seres de otros planos antes del evento. Fue así que, cuando éstos seres cobraron poder y comenzaron a ser visibles para el ojo humano, dedicó sus días a pasar tiempo con ellos. El bosque de Inverness tenía la particularidad de cubrirse de una espesa niebla, lo que en poco tiempo le dio los motes de "El bosque de la muerte" en Lune, o incluso "El tramo de los bajos", llamado así en Loke, la ciudad que la vio nacer. Pero nada de estas habladurías detenían sus aventuras allí dentro, donde logró ser bien vista por muchos de los nuevos moradores, principalmente de agua y fuego, ya que los de aire y tierra preferían mantenerse alejados. Fue en ese mismo lugar donde los elementales le mostraron que no sólo la naturaleza estaba cambiando, sino también los humanos. Como los elementales no tienen la habilidad de hablar, Margaret pasó varias noches meditando entre luces rojas y azuladas que bailaban a su alrededor. Los mensajes llegaban como plumas cayendo desde lo alto: los dones de los humanos, quitados por los dioses, estaban regresando a los dignos. Si bien la joven mujer preguntó varias veces sobre la gran explosión, los espíritus parecían no querer brindar esa información, mas no dudaron en elegirla cómo la primer humano digna en aprender las habilidades mágicas olvidadas.

Fragmento n°17: La violenta cabellera


 En los nuevos desiertos ubicados en los bordes de la Ciudad Central, hogar de los reyes de Saica, los elementales de fuego son más destructivos que en otros sitios. Las fuerzas del reino cubren los campamentos con fibras ignífugas a modo de protección, entendiendo que si a alguno de estos seres un impulso violento llegase, no dudarían en desquitarse con las tiendas desprotegidas. Fue mientras muchos dormían cuando los espíritus comenzaron a tener movimientos erráticos, enfermizos. Algunos seres más pequeños salían de ellos, oscuros como la más fría noche, para que acto seguido los rojizos seres perdieran el control y se disparasen hasta lo alto, explotando en llamas y dejando una violenta cabellera de luz alrededor de su núcleo. "Entonces, así fue como lo quemaron todo reduciéndolo a cenizas", dijo el hombre al mando del escuadrón sur. Inmóviles, impactados con tal espectáculo, los caballeros  dedicaron su noche viendo morir de vez en vez a éstas pequeñas ánimas: "¿Acaso así muere un etéreo?".


Fragmento n°18: El altivo cuerpo


 Aquel ser azulado había dado la vida por mí, y yo no pude siquiera agradecerle. En las noches me cuesta dormir pensando en ése momento, aquel fragmento de tiempo en el cual podría haber perdido la vida bajo el agua. En mis más fantasiosos pensamientos me pregunto si al morir nos transformamos en uno de ellos, no creo que nuestras almas sean tan diferentes ¿acaso existirá alguna jerarquía espiritual?
 Estoy demasiado lejos de mi hogar. No se cuanto tiempo habrá pasado desde que me atraparon los rebeldes, sin embargo dedico mi energía a seguir sabiendo que no puedo confiar en nadie ni en nada, mas tengo que encontrar el camino hasta casa. Fueron varios días los que estuve como prisionero, supongo que me llevaban al reino de Itar a juzgar por las estrellas. Desde que escapé y comencé el viaje de regreso e intentado esquivar a toda persona posible, no necesito a nadie mientras tenga a mis estrellas y mi capacidad de supervivencia.
 No habernos mostrado públicamente a mi hermana y a mí desde que somos pequeños ha sido de gran ayuda, los únicos con los que tenemos un trato directo es con los caballeros reales de la Ciudad Central, la gente de los pueblos no tiene idea quien soy. Estoy seguro que la población del reino cree que por ser el príncipe soy un mimado imbécil e incompetente, me gustaría demostrarles que no es así, aunque hoy día seguro me están dando por muerto.
 Creo estar enfermo. Los síntomas empezaron mientras dormía en un establo a unas millas de acá: mis manos, involuntariamente, se ponen heladas al mismo tiempo que mi pecho, pero no duelen demasiado, más bien arden, es un frío diferente recorriendo todo mi cuerpo.

La imagen de mi padre está erguida frente a mí, en una escultura que lejos está de parecerse a él: ''Mork", señala el cartel con letras algo borradas. El camino lleva directo al pueblo de Mork, conocido por ser el lugar no pactado donde nació mi padre. La taberna está algo sucia y desarreglada. Al entrar noto que desde mi punto de partida hasta acá no he visto caballeros reales por ninguna parte.

— "¿Acaso sabe usted donde están los reales?" — le digo al trabajador mientras pone una expresión de extrañeza y me sirve una cerveza de lavanda.
— ¿Forastero? Bien, luego del gran evento todas las tropas fueron llamadas a reunirse en la Ciudad Central pero el motivo principal es la posible guerra entre reinos. — me dice con voz calma mientras comienzo a sentir de nuevo el frío punzante en el pecho. — Itar no tardó en atacar algunos pueblos y ciudades de éste reino, suponemos que aprovechando la confusión, incluso nuestro príncipe está desaparecido. Pero, dime... ¿de donde eres, cómo no sabes sobre ésto? —.

 Un hombre altivo con un cuerpo fuerte como la roca, entra dando tumbos para terminar apoyándose en la barra. Aunque tenía la cerveza en mis manos, podía oler el repugnante olor a licor que despedía aquel.

— Vengo por la paga. — le dice al tabernero.
— ¿Pa-Paga? ¡Ya-ya di mi paga del mes hace una semana! — le responde, titubeando.
— Ambos sabemos que si no hay paga, no estas protegido y si no estas protegido... estás en problemas. — concluye el arrogante alcohólico.
— ¿No lo escuchaste? ¡dijo que ya te dio la paga! Es momento de que te vayas, amigo. — A veces me preguntó si el no poder callarme lo heredé de mi padre. El hombre se para, viene por mí y mis manos comienzan a arder de frío, pero la verdad es que no me preocupo, supongo que va a arder más lo que viene.

Fragmento n°19: En el pecho

 Quizá la mujer de Inverness pueda ayudar, es nuestra última oportunidad. Cuando el ser oscuro golpeó a mi hermano, no sólo no lo soltaba sino que se metió en él. Desabroché su camisa y por primera vez veo la mancha horrenda como si se tratase de tinta en su piel, tinta que durante la noche fue expandiéndose. No puedo sacarme ese momento de la cabeza, estábamos dando un paseo cuando esa cosa se nos cruzó. Mi hermano es tan sólo un niño, el ser oscuro tomó la forma de una liebre, de su animal favorito, quizá para ganar su confianza. Cuando lo tuvo entre las manos comenzó a chillar, se volvió en un ser pequeño y horrendo para de inmediato terminar atacándolo en su corazón, alojándose allí. Me siento culpable, quisiera volver el tiempo atrás y ser la víctima de ese ente espeluznante. Al llegar a Loke, la casa de la joven espiritista estaba bañada en perfumes de flores embriagantes que fueron corrompidos por nuestro gritos de auxilio. No hizo falta que digamos nada, mi padre apoya el cuerpo afiebrado en el piso, Margaret sale deprisa y no tardó en arrodillarse para mira a los ojos oscuros de mi hermano.

— No puede ser... ¡Pero si es sólo un niño! —. dijo con lagrimas que asomaban en sus ojos. — No lo sé, no sé qué hacer, pero ellos sí pueden, ellos sí saben. No nos queda tiempo, tenemos que ir hasta Inverness de inmediato. —.

 Cuando llegamos al lago de Inverness, Margaret nos dijo que dejemos el torso de mi hermano al descubierto. Mientras los elementales comenzaban a cubrir el paisaje, la mancha oscura del pecho se expandió con más fuerza: yo me limito a mirar su cuerpo débil ahora erguirse.

— ¿He-Hermano?... —. le digo antes de escuchar su grito.

Fragmento n°20: Un círculo de tierra seca en una vereda

 Benjamín era un arquero excelente con tan sólo diecisiete. En sus tiempos libres, gustaba en ir al bosque cercano para practicar con su arco y flechas. Su padre es un excelente cazador, pero a él nunca le terminó de gustar la idea de usar su habilidad para matar animales, tenía una empatía fuertemente desarrollada. Una tarde practicaba con los árboles en los que solía frecuentar, incluso había añadido círculos de pintura como blancos, pero aquel día fallaba todos y cada uno de sus disparos. Frustrado, iba una y otra vez a recoger las flechas, tensar el arco, disparar y al fin fallar. "¿Qué me está pasando?", murmuraba mientras veía caer el sol de otoño. Angustiado coloca sus proyectiles en el carcaj y emprende su regreso a casa cuando un sonido extraño, muy similar a una risa burlona, lo detiene.

— ¿Quién anda ahí?!—. dijo controlando su voz.

 El joven arquero era un alma valiente, sin embargo le temía a lo desconocido, por lo tanto circulaba por zonas donde sabía que no había muchos elementales que toparse. En esta ocasión no estuvo sólo: dos espíritus giran entre los árboles mientras dejan escapar sonidos que parecían de alegría.

— ¿Eran... ustedes? —. pregunta viendo como los entes etéreos se acercan a su cuerpo.

 Uno tenía color verde y estaba cubierto de musgo, mientras el otro estaba conformado por viento y polvo. Confundido, da unos pasos hacia atrás esperando que se alejen, pero éstos sólo se acercan más y más.

—  Bien, ¿qué quieren? ¿No quieren que le dispare más a sus árboles? Perfecto, no voy a volver. Pero sólo aléjense... —. concluyó precavido.

 El elemental de viento flota hasta su carcaj y saca una flecha en la cual segrega una energía extraña, llenando de una brisa constante el extremo inferior del proyectil. Al dársela a Benjamín, él entiende que la debe disparar, supuso que eso quería el elemental. Nunca sintió esa ligereza al tensar una fecha, pero jamás pensó que al dispararla un hilo de viento cortaría el aire tras ella, impactando en unos arbustos cercanos y generando un pequeño ciclón de hojas. Con una sonrisa de sorpresa y excitación, el joven le pide a los elementales que quiere intentarlo de nuevo. El de tierra da golpecitos en los hombros del arquero pero se limita a mirar los continuos disparos que efectuaría. Cuando sólo quedaba una, Ben le ofreció al espíritu terroso que la encante para ver cual sería su efecto, tímido éste accedió. Al tensarla, la flecha era muy pesada así que optó por subirse a un árbol y dispararla en algún lugar desolado para no causar daños. Con un ojo cerrado y el otro concentrado en su objetivo, un conjunto de espinas salen súbitas, dañando al joven y haciendo que cambiara la dirección de disparo justo directo a su pueblo. Los tres se tomaron la cabeza, bajaron deprisa y la siguieron. "Pero ¿qué es esto?"; "¿Que clase de flecha es esa?"; "Hace sólo un minuto pasé por ahí, ¡podría haberme matado!"; decían los vecinos que se acercaban para rodear un circulo de tierra seca al lado del camino. En el centro del círculo yacía un pequeño árbol partido en dos, el cual los espíritus apenas pudieron ver desde su posición, quienes suspiraban aliviados escondidos dentro del carcaj. En medio de la confusión, el silencio se presentó al ver que de la flecha nacían un par de hermosos jazmines.

Fragmento n°21: Una quinta

Luminare, la adolescente princesa, hija de los reyes de Saica, toma cuidadosamente su té de jazmín y hace un trazado fino en la pintura que sostiene el caballete. Los cuadros de la muchacha están dispersos en cada rincón de su habitación la cual, elegante y sofisticada, era encontrada demasiado formal para su gusto. Era la pequeña quinta del gigante patio trasero, creada específicamente para que pudiera pintar en tranquilidad, el verdadero lugar donde ella descansaba. Los guardias no podían pasar dentro por lo que allí se permitía ser más ella misma que en cualquier otro sitio.
 Desde que se dio el gran evento y Lucelum desapareció, su hogar era el lugar menos indicado para estar si se necesitaba algo de paz, por lo que desde entonces se pasa los días entre flores y colores fuera del palacio.
 Fue una noche de luna nueva, justo antes de tener que volver al castillo, cuando un aluvión de imágenes colmó su mente, sacando unas hojas y pintando lo que veía de forma improvisada. Al terminar el trance, Luminare ve su nueva obra y rompe en llanto, rompiéndolo en pedazos y corriendo hasta los brazos de su criada personal. Anonadada, la mujer la contiene y la lleva hasta sus aposentos, mientras que un guardia real espera que se alejen lo suficiente para entrar y unir los trozos como un rompecabezas: un barco en llamas, un acantilado de aspecto singular y un joven en las profundidades rodeado de peces.

Fragmento n°22: Un ejemplar de la primera edición de Plinio

 Los reyes de Saica estaban atravesando el peor momento no sólo de sus vidas, sino también del de su reinado. Después de una noche agitada, la reina Tabea busca en la biblioteca del palacio el libro de Plinio, aquel primer ejemplar que para ella era uno de los más preciados de la colección y no por su contenido original.
 Cuando Luminare era niña tenía una capacidad que salía de los límites de la razón. Tomando algunas tizas, empezaba a dibujar y colorear ciertas páginas de esta obra, terminando en símbolos extraños o paisajes específicos donde ocurrían determinadas acciones. La joven princesa no recuerda haber dibujado aquellos, así que su madre la sienta frente al libro y le cuenta que muchas de las cosas que había pintado en su infancia luego ocurrieron: el asesinato del rey de Itar, el ataque a las fronteras norte por los bárbaros, la enfermedad de la que murió su abuelo e incluso el momento de la coronación de su padre. Este accionar era algo que su progenitor, el ahora Rey Ineo, desconoce por completo. Unos momentos más tarde, la criada de confianza las acompaña hasta la quinta para ver la, después de muchos años, última pintura inconsciente de su hija: encontrando ya los trozos ordenados, ve la imagen y cae de rodillas en la alfombra azulada.

— Mi reina, mi reina tenga fe — murmura la señora Mara, conociendo la dormida habilidad de la joven, mientras le sirve un poco de té de jazmín y lo revuelve levemente.

 La mirada del guardia real se asoma por el marco para ver a la reina y su hija unidas en un delicado abrazo sollozante.

Fragmento n°23: Cada letra de cada página 


 A veces me pregunto el porqué de hacer esto, no siempre soy optimista. Los reinos están a punto de entrar en guerra, sólo tiene que ser oficializado por nuestro rey: las noticias de la máxima autoridad no llegan pero sí los ataques vecinos. Todo el mundo parece venirse abajo. Hace unos días volví con mis padres y vi en sus ojos el reflejo de la melancolía y el miedo. Mamá me hizo una sopa de verduras y conejo, lo sirvió y acto seguido me pidió entre lágrimas que me quede, que no siga con mi exploración al menos hasta que todo se calme. No pude. Me enojé con ella, me enojé con mi padre, esperé a la mañana siguiente y me fui.

 Dejé en mi cuarto los primeros cuadernos de viaje con mucha información, era el motivo principal por el cual volví, tenían que estar seguros. Cada letra de cada página pasó a ser parte de mi vida, de mi razón de ser y hacer, ¿cómo es que no pueden entenderlo?. Pero mamá me conoce, antes de irme veo en la mesa una bolsa improvisada hecha con tela. Debajo de este roble me permito abrirla con delicadeza y mirar su contenido: una tarta de frambuesas cuidadosamente envuelta, un cuaderno extra por si lo necesito, algo de ropa limpia, unas monedas de oro y una carta. Respiro profundo y abro el mensaje: "Si lees esto es porque te fuiste a escondidas muy temprano tal como lo hacías cuando eras un niño, hay cosas que no cambian. Que tu anhelo de trascender sea tu impulsor, pero que tus raíces de origen sean tu hogar. Te ama, mamá.". Al elevar mi vista, saco deprisa mi nuevo cuaderno, veo una forma lumínica inquietante.

Fragmento n°24: La noche y el día contemporáneos 



Andar tal vez, inerte en su ambición 
desprevenido frente a la persecución de su yo
donde la otredad es una pero también son dos
cuando las hojas caen pero ya no por vos

Tras los sustratos del cambio
ya no por inocencia sino por satisfacción 
mirando por la ventana el éxito de la creación
porque me siento tan íntegra, manzana madura
volviendo al mismo centro de un alma caduca

Es que la luna murmura bailando
lanzando cenizas de un momento perpetuo
divagando en el firmamento de las estrellas testigo
un padre que por más viejo -brillando- sigue vivo

Es que el sol canta entre deseos
sus destellos como un coro interminable lanza
esos rayos encienden la brumosa existencia
de un cuerpo celeste que a risotadas tiembla

Tomando sus manos, incoherentes poesías
suplantan la esfera de una tierra casi mía
eclipse de lamentos y gemidos de placer
encuentran en la unión la magia originaria del ser


- Londres

Fragmento n°25: Un poniente en Querétaro 

 Hay una época del año donde el poniente se ve desde la ventana principal. Pero desde hace una semana, cada vez que el sol cae, me encargo de poner un jarrón sobre la ventana esperando que al bajar entre en él. En Querétaro la luz se fue junto a la esperanza: ni las chimeneas, ni las velas, ni las lamparas de aceite pueden devolvernos la sonrisa luego del accidente en la mina. Por eso guardo cada poniente, porque nada brilla más que el sol, porque cuanto más cerca de ellos esté más podrá alumbrarnos. ¿Acaso debería posponer mi existencia tras la partida de mi motivo? ¿Podría encontrar en el no tiempo un amor tan inmenso? Acaricio las plantas de mi jardín, cuidadas desde siempre por mis manos inquietas, sin recibir un mensaje, sin agradecerme el gesto continuo. Cuando se fue, busqué entre el carbón y la tierra un trozo de su existencia; mis manos oscuras dolían en desesperación. Querétaro se iba acercando mientras el cielo anaranjado nos apuraba en nuestra búsqueda. Silenciábamos los gritos de espanto mientras intentábamos escuchar algún sonido, un silbido, una queja, un llamado: pero no hubo nada. El pueblo se llenó de tremenda melancolía, padres, esposos e hijos se fueron tras el derrumbe y yo me mantengo estática, buscando en cada poniente guardar un poco de su calor.

Fragmento n°26: Mi dormitorio


 Mi hermano sigue sin comprenderme, lo que hicimos no estuvo bien. Pude ver algunos de ellos en su forma natural con miedo, juntándose a modo de protección mientras otros intentaban ahuyentarnos. Esta noche no pude dormir, temo por lo que puede hacerle Marcio a uno de ellos. El sol no salió, si no actúo ahora puede que me quede con la culpa incrustada en mi frente, tengo que moverme, no pueden ser tan malos como los describe. Me pongo mis botas y un abrigo saliendo sigiloso para no despertar a mi familia, si Casio me ve podría detenerme.

 El frío del invierno eriza mi piel, entrecierro los ojos para mejorar mi visión y veo su hogar a lo lejos. El humo de leña encendida sale por su chimenea. Aumento mi velocidad y, a hurtadillas, espío por la ventana del patio trasero. Marcio está en un sillón, dormido frente al fuego con un cuaderno abrazando su pecho. Intento divisar la lampara: está en el suelo, justo a su izquierda, acompañando a unas botellas vacías de licor. Entrar es peligroso, pero algo se mueve en el interior, algo que va cambiando de tonalidades y se mueve errático, tornándose de un verde claro a un oscuro. La puerta trasera tenía una traba simplona, estoy dentro. El piso de madera me limita a ir con pasos cortos, cada apoyo crea un ruido repugnante. Cuando estoy en la sala lo veo: es un espíritu verdoso que me mira inquieto, puedo ver sus ojos, parece estar llorando, "¿llorando?" me pregunto mientras me acerco y observo el machete de Marcio apoyado a su diestra. Con la sangre fría del miedo, tomo la lámpara, me doy la vuelta y salgo de la apestosa casa. Mientras corro mi corazón late como el de un toro. Una sensación extraña me nace desde el pecho.
 Estoy en mi dormitorio, ni mis padres ni Casio se despertaron aún. Con mi abrigo en una silla y mis botas próximas a la puerta, me limito a ver al etéreo mirarme. Su expresión es extraña, hay miedo, asombro e intriga, supongo que es exactamente lo que estoy sintiendo yo también.

— Lamento mucho todo esto, jamás pensé que serían así, ni... que tuvieran sentimientos. Creí en las historias que hablaban sobre ustedes como monstruos de diferentes tamaños, monstruos que no dudarían en atacarnos, pero... no es así ¿verdad? — le digo, con los ojos llenos de lagrimas.

 El espíritu de tierra mueve la cabeza de un lugar a otro y se transforma en una libélula, luego en un caracol y termina en un ave amarillenta antes de volver a su forma. Sonrío ante la maravillosa capacidad: le abro la pequeña puerta.

— Bien, podes irte por acá, espero puedas encontrar el camino a casa. — susurro mientras abro la ventana y mueve la cabeza a un lado.


 El ser comprende todo lo que digo pero no emite más que algún que otro sonido. Flota dando giros rápidos y se apoya en mi hombro, abrazándome la mejilla. Justo frente a mí, vuelve a modificar su forma a la del ave y emprende su vuelo, no sin antes dejarme en el marco de la ventana un par de semillas anaranjadas como agradecimiento.

Fragmento n°27: Un globo terráqueo


 El Bosque Estina recorría gran parte del territorio del reino, siendo el abrigo natural de un hermoso prado que poseía un lago a causa del deshielo de las montañas. El lago Lina, bautizado así por una maravillosa mujer que vivía en sus orillas, contiene una gran cantidad de especies de peces que se multiplicaron después del gran evento. Los elementales de agua entran y salen del cuerpo de agua a su antojo, mientras que en el prado se pueden ver a Tierras saltando de flor en flor y Aires jugando con los caballos autóctonos. Pero el territorio cambió rápidamente luego de sus llegadas: un día de lluvia intensa me asomo por mi ventana y veo como varios espíritus de agua y tierra flotaban hasta el medio del lago Lina. Los elementales formaron una esfera flotante de maravilloso color, un globo terráqueo impactante. Desde allí, empezó a generarse una grieta que agitó la tierra, haciendo mover incluso los robles más fuertes, llegando a sentirse incluso en Querétaro. Uno a uno, los nuevos lagos empezaron a nacer, todos comunicados entre sí. Cuando el espectáculo natural terminó, el globo se deshizo entre miles de pequeños seres. Desde entonces, abundan los peces, por lo que en esta zona no nos preocupamos más por la comida, aunque eso sí: si pescamos más de lo que necesitamos, los Aguas no se ponen muy contentos.

Fragmento n°28: Caballos de crin arremolinada


Ya pasaron varias semanas desde que tuve el encuentro con el oscuro fusionado con la araña. Al parecer aquel espíritu no sólo aumentó el tamaño del animal de ocho patas sino que le otorgó un aspecto y habilidades diferentes. Desde entonces pensé que sólo este tipo de ser, poseedor de una baja vibración, podía realizar ese tipo de hazañas, pero quizá me equivoque.
 Mientras estaba en Lune, un viajero me dijo que, en las cercanías de la cadena de lagos del bosque Estina, había visto un conjunto de caballos que tenían un aspecto diferente con una velocidad sin igual. Es por eso que estoy acá, en el tercer lago, justo donde me indicó: no hay absolutamente nada.
 En mis viajes me he llevado varias decepciones a cuestas, cómo la vez que una señora de Querétaro me dijo que había visto a seres oscuros dentro de las minas, o los niños de Mork que juraban haber encontrado un elemental de tierra totalmente diferente y resultó ser sólo una piedra agrietada.

 Esta tarde las mariposas sobrevuelan el prado y atraviesan el lago con elegancia, mientras los límites del bosque me cortan la visión de una posible nueva historia que contar. Al llegar el poniente, decido armar mi campamento a orillas del lago. Las luciérnagas colman el lugar mientras el coro de ranas y sapos parecen marcarles los compases de sus vuelos. Es una de las noches más hermosas que he presenciado, las estrellas se confunden con las luciérnagas que me sobrevuelan siendo estas cada día más brillantes, quizá por el proceso de cambio constante que se está dando en la flora y fauna. Mis ojos se cierran buscando descanso hasta que en medio de la noche escucho las campanas: a lo lejos veo un caballo con pelaje brillante siendo seguido por una fila de más ejemplares. Bordean el lago, altivos, siendo la mayoría poseedor de un color aguamarina maravilloso, aspecto que jamás había visto en un animal de esa especie. Beben del lago y los elementales de agua se asoman para saludarlos. Fijo la atención en aquel líder, es una yegua madrina quien lleva una campana y guía a todos los demás con su replicar en trote. Preparada para seguir, relincha imponente, llenando el prado con su sonido y volviendo al ruedo. Al pasar, su velocidad hace volar a unos metros mi tienda y a algunos espíritus de agua que todavía flotaban curiosos. No hay dudas: los elementales también pueden hacerse uno con los animales; "De aire", le digo a la luna y comienzo a escribir.

Fragmento n°29: La delicada osatura de una mano

 Antes de que la lluvia borre las huellas de aquella poesía, Fausto toma la flecha que la sostenía en el árbol dejando caer la hoja amarillenta que le servía de superficie. Lento la toma y con voz suave comienza a recitarla, mientras un par de espíritus de tierra se asoman para escucharlo:

En el silencio del bosque
encuentra descanso en su semblante 
dispersos los recuerdos de los amantes
son reunidos lentos y por partes.

Su escudo tenue, impenetrable
bloquea el mundo, su amparo
donde una guerra por tacto
se da por la osatura de su mano 

Sera el deseo de lo prohibido 
envuelto en un leve suspiro
desde el verde grisáceo de sus ojos
hasta el semblante veloz de su ser corpóreo

Porque larga es la enseñanza
si no hay nada que encontrar
en un amor que jamás bajará en lluvia como a la flor
por una flecha al corazón
de un joven perdido en confusión.

Fragmento n°30: Los sobrevivientes de una batalla

 En el reino de Itar los conflictos no dan tregua. El pequeño Fausto y su hermana menor Selene, vivían en un pueblo llamado Meld, lugar ubicado a orillas del mar, donde sus habitantes eran en su mayoría pescadores. Si bien el reino estuvo en crisis durante muchos años, ellos se mantenían neutrales, hasta que los guerreros Ítaros, protectores de los reyes legítimos de Itar, llegaron y ocuparon el pueblo. "O están con nosotros, o están en nuestra contra" solían expresar a diario tras su llegada. Al parecer, el reino buscaba apoderarse de las zonas que permitían una conexión directa al mar, y así ganarle espacio a los rebeldes que seguían aumentando sus números. Las primeras semanas, los habitantes de Meld entendieron que no había opción de dialogo, así que intentaron seguir con sus trabajos sin dejar que la presencia de los Ítaros los perturbe. Pero no tardó mucho para que tropas pertenecientes a los rebeldes llegaran a puertas de la ciudad, preparados para el ataque y la toma del sitio. Las flechas de fuego encendían tejados, mientras los Ítaros peleaban con los nuevos invasores en las calles, quienes no sólo tenían como objetivo a los caballeros del reino sino también a los civiles. Entre gritos y los sonidos de espadas impactándose unas contra otras, Sena, madre de los pequeños, toma una decisión arriesgada que cambiaría el destino de sus hijos para siempre.

— Leina, por los dioses querida amiga, te suplico tomes a mis hijos y los lleves a un lugar seguro. Mi marido sigue allá, no puedo abandonarlo, pero tampoco puedo poner en peligro la vida de mis pequeños. Yo... yo prometo volver por ellos. —.

 La modesta embarcación de pesca estaba lista para zarpar. La mujer, con un embarazo de varios meses, acaricia su vientre y mira a su marido unos segundos.

— Ciudad de Plubia, el acceso más cercano al reino de Saica. Una vez que lo encuentres, buscá un escondite hasta que todo se calme. Te vamos a esperar, Sena. — concluyó Leina tomando a la bebé y al pequeño Fausto.
— Los amo — dice Sena a sus hijos entre lágrimas y besos, antes de bajar de la embarcación y correr directo a su pueblo en llamas.

Fragmento n°31: Una baraja

 El atardecer me anuncia que es hora de buscar un refugio antes de que caiga la fría noche. La última vez que estuve en una taberna fue en Mork, hace apenas unos días: los moretones siguen distribuidos por todo mi cuerpo. El frío y la mala alimentación no me ciegan para percibir las maravillas de nuestras tierras: ríos cristalinos, montañas magnánimas, bosques y praderas vírgenes. Los prejuicios en torno a los habitantes de Saica están desapareciendo, desde Mork me abrí a conocer a más personas y la mayoría resultaron ser hospitalarios y comprensibles. Hace ya unas horas pregunté donde estaba y el campesino no dudó en dejar sus herramientas de trabajo, ofrecerme alguna ayuda e informarme que acababa de entrar en Jorden. Estoy aún muy lejos de casa, sigo sin revelar mi verdadera identidad. Con cada hora que pasa más temo por la salud psíquica y física de mis padres y mi hermana. Las noticias llegan tarde o no llegan, los mercaderes no viajan al norte y yo me mantengo positivo tratando de ignorar las incontables veces que mis manos se tornan azuladas. Me reconforta ver a mitad de camino un establecimiento: "Posada: el viajero sureño". Al entrar se ve todo ordenado, limpio y acogedor. Una anciana está encendiendo la chimenea mientras detrás de un mostrador un joven delgado me mira sonriente.


— ¿Cómo le va, viajero? — me dice exagerando alegría. No me disgusta, la necesito. 



 Tengo varias monedas de oro aún conmigo, cada vez que toco mis bolsillos le agradezco a los dioses  no haberlas perdido en el mar y que mis secuestradores no se fijaron en ellas. Pongo una sobre el mueble y me invita un café caliente, mis ojos se llenaron de lagrimas tras el exquisito sabor de la bebida. 

— Disculpa, Joven. ¿Te gustaría que lea tu suerte? — me dice la señora sentada delante de la ya encendida fogata.
— Perdón pero no tengo mucho dinero. — le digo tajante, no tengo tiempo para estafadores.
— ¿Quién dijo que iba a pedirte una paga? — contesta tierna.

 A decir verdad aún no voy a dormir, y luego del café, el posadero me prometió servirme algo de sopa de pollo y uvas secas, no tengo nada mejor que hacer. Acepté la propuesta y me senté en un sillón delante de ella, teniendo como separación una mesita pequeña. Baraja las cartas, hace que las toque, cierra sus arrugados ojos y coloca las cartas en el siguiente orden: una en la punta, dos siguientes bajo ella y tres al final como base, empezando a girar ésta última linea.

— "La voz", "El poder", "El lago": no me interesa quien intentas parecer, pero lejos está de quien realmente sos. Su inmensa energía de líder haría rugir hasta al felino más pequeño, joven. La dormida esencia se mantendrá cautiva hasta que el grito del grande surque los cielos, voz que abrirá las puertas de su verdadera valía, profunda de consciencia y amor. Tomar la fuerza del odio y la tristeza por el gigante dormido le servirá. "El tiempo" y "El destello", marcan un presente de confusión pudiendo clarificar sus dudas tan sólo encendiendo la llama y dejando fluir su don como un río en un lago. "Los sueños", así como podemos soñar con volar hasta las altas cumbres, podemos experimentar las más cruentas pesadillas, así que déjeme preguntarle ¿realmente quiere enfrentarse a ésto, o prefiere aferrarse al miedo y huir? — me dice sin apenas pestañear.

— Lamento interrumpir pero la sopa está lista. —. avisa el posadero.

Fragmento n°32: Las sombras de unos helechos

 Marcio golpeó la puerta de casa preguntando si habíamos visto a alguien rondando el lugar en la noche, que le habían robado su lámpara con el elemental dentro. Sus ojos estaban desorbitados de la ira, estoy tranquilo porque lancé el artefacto al río, lleno de rocas, luego de liberar al elemental. No quiero imaginar qué me hubiera hecho si el destino quería que me viese, me mantiene tranquilo saber que éste está a mi favor. Pasaron dos días, es la segunda noche que me quedo mirando las semillas que el ser me dejó. Anaranjadas, poseen un brillo precioso. Puedo pasar varios minutos haciendo cuevas con mis manos frente a mis ojos, pienso que los brillos que crean están esperando que les de formas y nombres. Pero al tercer día me animo, hago unos hoyos y coloco mis presentes en la tierra.  Deseoso espero que el agua y la oscuridad hagan su trabajo. Los días pasan, Casio sigue trabajando con papá, mientras mamá y yo continuamos en la artesanía, la verdad nos está yendo muy bien. Una tarde me tomo un merecido descanso, salgo hasta el patio trasero y me quedo contemplando la tierra donde había colocado las semillas. Las nubes entrecortan la mirada del sol, me hipnotizan y me duermo sobre el césped. Al abrir los ojos, la sombra de unos helechos por demás altos me protegen de la luz mientras el ser en forma de ave me da la bienvenido a un plano diferente.

Fragmento n°33: Tigres


 La información era cierta, los caballos de aire existían. Estoy emocionado por conocer más sobre otros animales que hayan experimentado cambios de éste estilo. La ansiedad combinada con la intriga me llevaron hasta una pareja en Lune, los cuales aseveran que en las laderas de las Witeas, las montañas siempre nevadas del oeste, hay historias de desapariciones por bestias desconocidas.

 Cada relato es una oportunidad de generar nuevas historias, voy en camino. Mi compañero de viaje es un joven rubio con expresión triste, quien desde que subimos al carro en Lune se mantiene tieso mirando el paisaje. Al llegar, una posadera nos recibe, tiene aspecto cansado y el lugar parece triste, pero no hay muchos habitantes que vivan en esta zona, es lo mejor que puedo encontrar hasta el momento. 

— Oíme viajero, ¿usted también viene por las bestias del hielo? — me dice una muchacha mientras me mira desafiante.
— Puede ser — respondo, intrigado por su belleza.
— Le recomiendo que no vaya solo, un joven inexperto como usted no tendría ninguna oportunidad contra ellos. Pero quizá pueda ser de ayuda. — lanzando un trozo de pan.
— No es mi estilo poner en peligro a otros. Tampoco tengo nada que ofrecerte.
— No lo hago por dinero.

 Las pisadas cambiaron su peso, la nieve bajo mis zapatos dificulta mi andar, detesto este paisaje. Sin embargo, Lily parece estar en plena forma, caminando sobre la superficie con agilidad y soltura.

— Encontramos a mi hermano hace unos días, apenas un niño. Estaba muerto bajo ese árbol de ahí. Sus manos dejaron huellas en el tronco de su intento desesperado por subirse en alguna rama, pero no lo logró. Yo... podría haber venido sola pero no soy tan idiota. Sólo necesito verlos. —. suelta, sin más.

 Creí que el silencio era la mejor respuesta, espero no me equivoque. Unos metros después me olvido del frío al ver unas grandes pisadas de animales. Lily saca su lanza y seguimos el rastro.

— Sh, vení, ahí veo uno. — escondiéndonos tras una gran piedra que nos separa de un tigre inmenso, cubierto de escarcha, entrando lento en su guarida.

— Sólo necesito observarlo, no hagas nada estúpido. — comento antes de verla correr directo hacia él.

Fragmento n°34: Émbolos 

 Villa Releza es un pueblo rodeado de hermosos prados con flores, atravesados por dos abundantes ríos cristalinos nacidos en las alturas. La lejanía con las ciudades y otros pueblos no hacen a este el mejor lugar para comerciar, los largos viajes y las pobres condiciones entre los caminos complica los intercambios. Por lo tanto, se cultiva y cría en sectores pequeños, para consumo personal o comercios reducidos. La vida es tranquila, sin embargo Dominik no piensa seguir con la tradición del lugar.
 Las chispas de su taller mantienen alejados a los espíritus de tierra que permanecen atentos a que el joven no produzca ningún incendio con ellas. Las pequeñas explosiones no dejan de aparecer súbitamente día a día, al igual que las quejas de sus padres y hermanos por su interminable pasatiempo. Dominik no se detiene, toma sus herramientas y continúa aunque falle.

 Una noche de calor, el muchacho se sienta unos minutos para descansar y ve a tres espíritus de fuego pequeños, observarlo, escondidos detrás de unas placas de metal: "Pero ¿qué hacen ahí, chiquitines?". Pasaron varios días hasta que uno de ellos se animó a acercarse, continuando los otros dos. Sin saber concretamente que ellos entendían, el inventor disfrutó de su nuevo público y a diario les comentaba cada cosa que hacía con lujo de detalle durante semanas. Un día estaba haciendo trabajos en la tierra cuando escucha ruidos en su taller, lanza la hoz entre los cultivos y corre para entrar y ver a los elementales subir y bajar dentro de los émbolos, haciendo girar la hélice de su vieja creación. Con los ojos llenos de ilusión, se acerca y al ver la máquina funcionar se da cuenta que de ahora en más no trabajará solo en el taller.

Fragmento n°35: Bisontes


El rugido la lanzó varios metros atrás. Su pecho está cubierto de hielo que mira anonada mientras intenta romperlo. El tigre tiene dos estacas de hielo a modo de colmillos, su pelaje es azulado con zonas claras y su ojos de un blanco penetrante. Libre al fin de su atadura fría, Lily se levanta y lo apunta de nuevo con su lanza.

— ¡Lily, lejos, no es un tigre normal, tenemos que irnos!
— ¡No hasta que pueda vengar a mi hermano! — grita yendo al ataque.

 El tigre la esquiva una y otra vez, mientras ella no para de intentar lastimarlo. Pero, unos segundos después, el animal de los largos dientes deja de observarla y se adentra en la cueva de un gran salto. Como una carrera directo al choque de guerra, se escucha acercarse algo inmenso: dos bisontes oscuros atraviesan el bosque nevado y vienen directo a nosotros. Sus ojos rojos como la sangre brillan entre la nieve. Nuestros pasos torpes nos dejan en medio, solos, mientras nos rodean.

— Yo... jamás vi bisontes así
— Reconozco esos ojos Lily, están siendo controlados por oscuros. Trata de no hacer ningún movimiento demasiado rápido.
— Esos cuernos... la... la herida de mi hermano no parecía causada por colmillos... fueron... ¡fueron ellos!

 El tigre de hielo que atacó Lily se interpone junto a otro salido de la cueva, justo en medio de ellos y nosotros. Los bisontes liberan ceniza con olor a azufre desde sus narices. Sus cuernos son extremadamente largos para su especie y de sus lenguas chorrea baba espesa que quema la nieve al tacto. Los inmensos animales negros se alejan varios metros para, acto seguido, tomar velocidad con la intención de embestirnos. Miro a la muchacha y unos segundos después: el golpe. Los tigres nos subieron a sus lomos y nos alejaron dando un bote directo a su guarida. Los bisontes, fuertes e inmensos, al parecer no eran muy inteligentes. Los cuernos de uno estaban incrustados en el cráneo del otro y viceversa, cayendo inertes al frío colchón helado.

Fragmento n°36: Marejadas


Luego del gran evento, al igual que los paisajes, los animales atravesaron grandes procesos de cambio. Ya no podemos guiarnos por la luna, el nivel del mar cambia drásticamente en torno a factores que no comprendemos. Todo lo que creíamos conocer acerca de la naturaleza se vio envuelto en un manto de dudas y desconcierto. Llegué a este pueblo pesquero hace casi un año, Itar ya no es un lugar tranquilo para criar a un niño, pensé que venir a Saica iba a cambiar un poco nuestra realidad. Si bien hay ataques incomprensibles a éste territorio, aún se intenta mantener la paz. La mayoría de los guardias reales abandonaron el sur de las tierras para cuidar la Ciudad Central y los pueblos y ciudades del cordón inferior a éste.
 El pueblo de Rix está construido a lo largo de laderas que desembocan en el mar, varias millas al este de la ciudad portuaria de Plubia. El paisaje es maravilloso y las casas, llenas de colores, guardan historias de viejas generaciones de pescadores. La vida en el lugar era tranquila, pero el panorama también sufrió un cambio con el evento. Nos habíamos establecido una semana atrás cuando, a través del cielo, vimos la columna inmensa de luz. Todavía puedo escuchar los gritos de espanto, la conmoción y el miedo de los pobladores. Con el paso de los días, la pesca empeoraba más y más, al punto de tener un número suficiente de peces como para alimentar a Rix pero sin la posibilidad de comerciar con los pueblos aledaños.
 La ansiedad empezaba a inundar las calles, el único trabajo que había encontrado estaba en peligro. Así que una mañana tomé mis cosas y me fui a investigar por mi cuenta: no encontré nada, pero no es mi estilo darme por vencido. Pescaba en la noche, a la mañana y de madrugada; me metía en el agua, buscaba en las profundidades, navegué con una balsa cuando el mar estaba calmo, pero no encontraba evidencia alguna. Pero no pasó mucho tiempo hasta que conocí la historia de Zéon, aquél joven que atestiguaba haber visto varios seres que lejos estaban de ser peces. Con el tiempo, los pescadores obtenían peces por demás extraños, jamás vistos en generaciones: aletas puntiagudas, exageradamente largas o filosas, pulpos que congelaban las redes, velocidades de nado sorprendentes y colores de peces extravagantes, diversos y hermosos.
 Desde los pueblos cercanos llegó más información acerca del gran evento. Al parecer Rix no había sido el único lugar de Saica en tener problemas con su estilo de vida. El evento había generado cambios en todo lugar por la aparición de los elementales. Zeón nunca mintió, las marejadas extensas, la huida de los bancos más importantes de peces, los barcos atacados si se pescaba más de un número de ejemplares y los extraños cambios en la fisonomía de los animales eran causadas por el poder de éstos espíritus. Por eso, desde la mesa más alejada de ésta taberna silenciosa me pregunto ¿qué quieren decirnos?. Tomando mi té hiervas, suspiro al comprender que este mundo ya no nos pertenece, ahora somos nosotros quienes vamos a tener que adecuarnos a la naturaleza y no ella a nuestros deseos.

Fragmento n°37: Ejércitos


 Dándome la bienvenida con ternura, de ave recobra su forma al elemental de tierra que conocí dentro de la lámpara con los ojos brillantes de tristeza por su prisión injustificada. Es como un sueño pero puedo sentir todo con más claridad, incluso si me enfoco tengo la posibilidad de percibir el campo de hierba y oler la tierra de este inmenso bosque que me rodea. Por primera vez lo escucho, es extraño intentar explicar cómo puedo interpretar sus palabras, dice que tome asiento y vea.

 Una niebla multicolor flota sobre mí y, enredándose en el aire, genera figuras y escenarios que me mantienen atónito: veo un hombre azulado blandiendo su espada, veo a su lado la luz de una vela sobre un lago. Veo un arco, veo flechas cayendo, a un viajero y un ser monstruoso en un trono que crece, se agita y se rompe en mil pedazos. Todo se reúne en una gota que cae, lenta, sobre una mujer luminosa que extiende sus manos y toma la forma de ejércitos combatiendo. La niebla se expande, me envuelve y entrando por mis oídos me susurra: "mensajero, mantente atento a nuestro llamado". Despierto agitado.

Fragmento n°38: Todas las hormigas que hay en la tierra


¿Todas las hormigas que hay en la tierra son hermanas, Lucy? ¿Por qué las liebres no pueden caminar en dos patas y van dando saltitos? ¿Por qué la gente usa los caballos para andar y no los toros, a los caballos les gusta que los monten? ¿Por qué el sol nunca se apaga, no se cansa? ¿Por qué los peces decidieron vivir en el agua? ¿Por qué mamá tose así? ¿Lucy, mamá se va a poner mejor? ¿Qué es esa luz que sube hasta el cielo? ¿Por qué me lastimó si yo sólo quería acariciarlo? ¿Hermana, me escuchás? ¿Alguien puede escucharme?
 Todo está oscuro, mucha gente llora pero no los veo, las cosas aparecen y se van. Siento que caigo y cuando choco vuelvo a caer hasta otro suelo. No puedo respirar bien, me duele el pecho y siento frío, por todo el cuerpo. Extraño a mamá, la extraño mucho, papá dice que no lo diga pero quiero gritarlo. ¿Donde está mi hermana? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy acá? ¿Cómo puedo salir?; hermana, yo... ¿estoy muerto?

Fragmento n°39: Un astrolabio persa 
 

 Fatuo brilla desde mi pecho, la luz me deja totalmente ciego por unos segundos mientras escucho cómo la criatura monstruosa grita de dolor. Mi amigo golpea mi cara una y otra vez para que responda, aún su brillo es superior al habitual lo que me permite ver mejor el lugar: aquel ser se mantiene en el suelo, retorciéndose en una masa burbujeante y negra que parece buscar una nueva forma; en cuanto a la habitación, resulta ser un gran salón, quizá ceremonial, así que viendo la cantidad de velas en lámparas colgadas alrededor del lugar, le pido a Fatuo que se encargue de encenderlas a la vez que yo distraigo a la masa oscura. Una a una mi compañero ilumina el lugar. Hay cadáveres por todas partes, temo no poder salir de acá. Como una flecha, Fatuo viene hacia mi haciendo gestos exagerados, señalando el fondo del lugar. Corro lo más rápido que puedo y lo veo, un astrolabio gigantesco en cuyo centro hay un ente oscuro intentando hacer girar el artefacto. La luz del lugar le quitó fuerza, así que saco mi daga y se la lanzo para que unos segundo después la devuelva con la misma energía, haciéndome un corte limpio en la mejilla.
 A lo lejos, lo que antes fue el ladrón inexperto, ahora se levanta, se acomoda su cabeza para que mire hacia adelante y viene lento, volviendo a su forma bestial, por nosotros. Fatuo intenta volver a encenderse pero al parecer necesita tiempo para recuperarse. Tengo sólo una daga, tiene que haber una forma: "Si estas cosas no son seres originarios de este mundo, entonces para destruirlo necesito más que una daga... necesito algo que venga de su mismo mundo". Miro al elemental de fuego y asiente. Fatuo abraza el metal de mi arma, iluminándola con un fuego espiritual que no logra quemarme. Apunto al ser que viene hacia mí cuando desde el reflejo del metal veo al artefacto. "¡Fatuo!" le grito a mi amigo para que se esconda en mi camisa, en tanto cambio de objetivo y lanzo con todas mis fuerzas la daga encantada en el centro del astrolabio.

Fragmento n°40: Cartas obscenas  

 Me encanta la naturaleza de las personas, es inquietante conocerlas -tanto como conocernos-. Nunca terminamos de conocernos a nosotros mismos ¿en serio esperan saber cada rincón del corazón, mente y alma de los otros seres humanos que aparecen en nuestras vidas?  Pero antes de ser una aventurera con gustos por la introspección, es mejor tener en cuenta algo que suena básico pero que a veces se nos olvida: todo cambia. Es la vida, movimiento puro como el agua, quieta se estanca... y así pasa con las personas y las relaciones, quieta se pudre opacando lo cristalina y sanadora que fue en un comienzo. Nos enseñaron a aparentar y realmente eso es muy desgastante ¿pueden creer que hay personas que fingen ser algo que desean ser incluso mintiéndose a ellas mismas? esos son los peores casos. ¿Pero que pasa con la poesía en un otro?
 Los humanos son inconstantes en casi todos los aspectos y eso es lo que nos hace particularmente hermosos u horrendos, o quizá promedios también ¿por qué no?... nos encierra a todos, seamos como seamos. Ahora tengamos en cuenta algo, sabiendo que las personas aparentan en diferentes grados -no necesariamente el que más aparenta es el más alejado a su yo real-, hay que sumarles lo que dibujamos en nuestra mente de su ser por como se muestra, como nos habla, nos mira, por su vida o incluso nuestra intuición. Me gusta imaginar esta parte de las relaciones simplemente como una pagina en blanco donde vamos escribiendo y borrando, escribiendo y borrando, y así constantemente. Si comparamos el papel de la idea que nos hacemos de los otros seres en el comienzo (la primera vez que se cruzan palabras, que se miran) y la que escribimos en unos meses después, podemos sorprendernos. En tanto se deben tener en cuenta varias cosas, si a los meses el papel de la idea tiene algunos pobres borrones y solo te dedicaste a agregar nuevas virtudes-defectos, ése ser es alguien que sabe aparentar perfectamente, o es muy si mismo.
 Por lo tanto es normal que solamos decepcionarnos o incluso decepcionar a las otras personas, porque no solo nosotros creamos los papeles de ideas, si no, que los demás crean los suyos con nosotros. Saben poco de nosotros en realidad así que sabemos poco de ellos.
 Cuando le di vueltas a este pensamiento recurrente en mi cabeza sobre que pasa con las poesías que creo poesías y luego no lo son o los monstruos que creo monstruos pero después son inofensivos,  me doy cuenta que tan sólo son borradores con hojas arrugadas que colecciono en cartas puras u obscenas, que quedan archivadas en mi memoria y lo cual no tiene nada de malo.
 Pero ¿por qué deberíamos encasillarnos en papeles de ideas simples? creo que si miro mi vida diría que yo también he escrito y roto varias ideas de lo que era, incluso ahora tengo una idea de lo que diría exactamente mi borrador, pero no somos eso si no todas aquellas hojas de los que alguna vez nos miraron y se equivocaron o acertaron. Somos también la hoja del joven triste, la muchacha autodestructiva, la del radiante como el sol, la hoja de los cafés nocturnos. Somos todo eso y más.
 Somos pura energía en movimiento y la aceptación del cambio de otros, como del nuestro, es primordial para estar un poquito más cerca de lograr tranquilidad en nuestras relaciones. Por eso es que yo no espero nada de nadie, ni quiero que ellos esperen de mi. Actúo como puedo y soy por mi borrador actual y por la forma en que las dos hojas contemporáneas interactuan entre sí: hacen una buena obra juntos o ya no vuelven a entenderse.
 Por eso es que las relaciones se acaban, se dan un tiempo o se compenetran a la perfección. Por eso también es que la poesía que vemos en algunas personas muere, son solo puros papeles que se arrugan de cientos de anotaciones que se reemplazan, todas en el suelo de lo que somos.ob

(Página 43; Diario de Eva)

Fragmento n°41: Un monumento

 Es la primera vez que atacan un pueblo que no está en las periferias. Un grupo de rebeldes entró por la ciudad de Plubia y se asentó en Mork, haciéndose pasar por simples viajeros. El posadero dijo que parecían locales, que fueron respetuosos y que no crearon problemas dentro del establecimiento. A la madrugada siguiente vino la explosión: el monumento del rey ha sido destruido en mil pedazos. El sonido de la explosión despertó a todo el lugar y las casas más cercanas sufrieron daños. Hemos enviados guardias reales al lugar, quizá sea hora de volver a reorganizar a nuestro ejercito. Lo mejor es cubrir la mayor cantidad de zonas posibles. El rey es un cobarde, el límite de la tolerancia empieza a llegar, las quejas se hacen eco entre los caballeros. Los rebeldes se escaparon, no quemaron viviendas, no hubo victimas: fue un mensaje directo al poder de Saica. Como siempre, te ruego que quemes esta carta luego de leerla y tomes medidas en el asunto, seguiremos en contacto. Tengo información que no puedo compartirte por éste medio, espero verlo pronto General.


Fragmento n°42: El cadáver de Beatriz Viterbo

 Lamento el poco tiempo entre una carta y otra, pero esto es muy grave General. En las cercanías del bosque de Inverness, una mujer ha sido encontrada muerta de una forma espeluznante. Casi todo su cuerpo estaba cubierto por un espeso líquido oscuro que parecía seguir alimentándose de la víctima. No tenemos idea de que se trata, pero está claro que los elementales tienen algo que ver con ésto, este tipo de eventos sólo pudo haber sido ocasionado por algo del otro plano. Es importante aclarar que la mujer no murió por la materia que la cubría sino por una herida profunda en su corazón, el cual no está allí, habiendo sido arrancado por lo que sea que la atacó. No se trata de rebeldes, mi General, estamos hablando de algo más que no sabemos cómo combatir. El cadáver pertenecer a la señorita Beatriz Viterbo, hija de panaderos en Loke. Intentamos cubrir la escena pero, por la lejanía de los caballeros del lugar, cuando llegaron ya varios campesinos y comerciantes de la zona habían visto el hecho, los cuales llevaron la información a Lune y Loke, asegurando que la mujer de Inverness tiene algo que ver. Cualquier novedad será informado, el miedo comienza a cubrir las calles.

Fragmento n°43: La circulación de mi Sangre


 La ciudad Blanca está a tan sólo una milla, me siento agotado. Los síntomas empeoran, necesito volver a mi hogar cuanto antes. En las zonas vuelven a haber caballeros reales pero no confío en ellos. Me siento sólo. Si bien éste carro tirado no es muy rápido, las mulas hacen lo que pueden en el terrero pedregoso y me evitan el cansancio. Tengo miedo de dormir, cada vez que lo hago siento la circulación de mi sangre; es difícil de explicar, pero puedo sentir la lluvia venir, los ríos desde desde lejos, los arroyos bajar por las laderas; siento la necesidad de estar en contacto con el agua, mis manos, piernas y pecho bajan mucho su temperatura sin motivo, y de vez en cuando me levanto con leve escarcha en mi cabello. Cuando llego a Blanca, miro sus grandes muros y pienso ¿cuánto más aguantaré así?

Fragmento n°44: El engranaje del amor


  Todas las canciones de cuna saben que no puedes dormir de noche recordando tus actos. Los copos de nieve caen lentos por fuera de tu ventana, en tanto la sangre en tu espada gotea empoderando tus pensamientos: te oprimen. Los sueños, que marcados se disfrazan de maravillosas oportunidades, te encuentran débil bajo tu manto de mentiras. Pero cuando el amor llegue a tu vida, una despedida y un reencuentro, aquellas manos de tormento murmurarán por siempre la falta de igual calor, calor que alguna vez sentiste debajo de un sol tierno y generoso. Es el fuego de la forja que crearon los engranajes del amor olvidado, que cuando se activan me recuerda la belleza de la paz, porque no hay nada que culmine en tu cuerpo delgado y huesudo, porque ninguna lágrima de pureza nace de tus ojeras prefabricadas, porque sé como es sentirse así, sólo y roto como una fuente abandonada donde alguna vez el amor se bañó entre sus dulces aguas. Siempre buscando uniones ficticias, porque la realidad escapa de tus manos, colándose por tus dedos como arena seca, desuniéndose entre la ventisca de lo que alguna vez fue tuyo y hoy no es más que un suspiro cobarde y obsesivo pidiendo calor. Tus manos de nuevo, las sábanas manchadas de rojo, un grito y la liberación: después de que corté la cuerda que nos unía, te alimentaba y me lastimaba, vos te quedaste sólo mientras yo me regalé todo el resto del planeta.

 (Página 22; Diario de Londres)

Fragmento n°45: La modificación de la muerte

Desde la luz a la oscuridad, metamorfosis de la muerte
la belleza es equilibrio y el caos es deseo: unidad.

Hay poesía en el fuego: si arde, si apaga, si quema, si calienta
Sentimiento apasionado. ¿en quien sentís su calor?
Hay poesía en la tierra, si nace, si germina, si marchita, si agrieta
Fuerza firme ¿en quién sentís su protección?
Hay poesía en el aire: si gira, si canta, si sopla, si acomete
Música mensajera, ¿en quién sentís su compañía?
Hay poesía en el agua: si nutre, si limpia, si ahoga, si cae
Emoción cristalina, ¿en quién sentís su profundidad?
¿Alguna vez viste el universo en los ojos de un amor?

- Eva

Fragmento n°46: El Aleph

 La luz, Zilon, y la oscuridad, Kaora, eran semidioses a los que les fue otorgada la tierra como su planeta a cuidar. Aún siendo seres celestiales, sólo poseían una parte del poder divino del centro de la galaxia, quienes como requisito les pidieron que se unan en un sólo ser para amplificar su energía, el cual se llamaría Áuraro. Miles de sus hermanos, idénticos a ellos, fueron enviados a otras partes de la galaxia con el mismo objetivo, pero Áuraro quería ser diferente a ellos.
 Junto a ella/él venían acompañados cuatro grandes espíritus elementales primigenios: Leanor, el espíritu del fuego; Elonary, el espíritu del aire; Pharón, el espíritu de la tierra; y Hacuda, el espíritu del Agua. Estos serían partícipes necesarios para la creación de vida en el planeta otorgado. Para llevar a cabo la creación, los cuatro espíritus primigenios se instalador energéticamente en cuatro de las montañas más grandes del planeta, para así poder nutrir el globo de la energía divina. Como consecuencia, las ondas de energía que emitían y se mezclaban con la de sus partes, dieron a luz a espirituales menores distribuidos por todo el globo. Los elementales servirían desde entonces como sus súbditos, con diversas tareas cuyos objetivos se centraban en mantener la armonía y el equilibrio.

 En ese plano, el tiempo es diferente al de los humanos, pero incluso así Áuraro se había cansado del equilibrio. Consideraba que la perfección tenía un aprendizaje lento y carecía de emociones poderosas, así que para reunir el conocimiento necesario con mayor velocidad, además de la flora y la fauna, le dio vida a los primeros humanos. Es así como durante millones de años, el Aleph (El caos y la armonía unidos, y los cuatro primigenios) ejerció su poder en el planeta. Con el paso del tiempo, los humanos evolucionaron a un punto donde no sólo no había armonía en sus sociedades, sino que la especie iba por un mal camino, por el de la destrucción de lo creado. Sin poder intervenir directamente en los humanos, el centro de la galaxia les advirtió que aniquilarlos sería coartar su libre albedrío, lo que haría que se tome la decisión de reducir las transformaciones de los cinco espíritus a seres menores dispersos en el cosmos.

Fragmento n°47: La tierra en el Aleph

 El miedo se apoderó de Áuraro, aquel ser que debía permanecer equilibrado, sabio y armonioso -para reunir el conocimiento que le falta y demostrar que es apto de ser parte de la energía central-, y entró en crisis. Sus dos facetas comenzaron una fuerte lucha por tomar el control: Zilon, la parte luminosa, fue la ganadora. Usando su energía junto a la de la ahora controlada fuerza oscura, decide destruir a los primigenios, quienes aún estaban en la tierra, para absorber a los otros integrantes del Aleph e intentar arreglar su error desde un nuevo ser superior. Las energías de los primigenios desintegrados emergieron al cielo desde las cuatro grandes montañas en las que habitaban, pero cuando Áuraro se preparó para recibir el poder, las columnas golpearon la atmósfera terrestre, encerrándolas y liberándolas en el interior. La energía divina bañó cada parte del planeta, otorgándoles mayor poder a los elementales menores, pero también nutriendo de energía mística a la flora, la fauna y los humanos. Lleno de odio, la parte oscura de Áuraro, Kaora, se destruyó así misma en miles de oscuros seres que se dispersaron en el espacio, de los cuales algunos cayeron en la tierra.


Fragmento n°48: Mi cara 

 Reunidos en el circulo, los líderes de las ciudades y los representantes de los pueblos de Saica se encuentran en la Ciudad Central, resguardados bajo el techo del palacio. El rey, deteriorado, se mantiene callado mientras el dialogo se convierte en una discusión sin orden. Luminare mira desde un lejano marco, tratando de controlar su respiración en tanto le tiemblan sus huesudas manos. La reina, presa de su temor, se limita a tomar un té de jazmín a su lado. Sobre la cama de la muchacha, una última pintura augura guerra, en la imagen se ve un hombre oscuro comandando un caballo gris quien, con su espada alzada, dirige su ejército directo al palacio del rey.
 Lucelum tomó un corcel en los límites de la ciudad blanca, está tan sólo a unos minutos de llegar a su hogar. Su capucha fría esconde un rostro ojeroso y maltrecho, aquel príncipe fuerte y bello del cabello ondulado hace lo posible para mantenerse aferrado a las riendas: "Mi cara, no es más que un fantasma de lo que se llevaron", sentenció luego de mirar su reflejo en una fuente de Blanca.
 La información acerca de nuevos ataques empiezan a sonar en las ciudades, algunos piden que el rey declare la guerra, otros rezan por la paz. El rey, preso de su ansiedad, pide silencio, se acerca a uno de los ventanales del salón y dice con voz neutra: "Vuelvan a sus ciudades y pueblos, hablen con su gente. Es hora de preparar las defensas".

Fragmento n°49:  Mis vísceras 

 Los líderes de los distintos sitios de Saica toman sus cosas y se alejan hasta sus carruajes y corceles. Tabea lleva, sollozante, a una Luminare inerte, de mirada perdida como hacía tiempo no veía. Mi hijo probablemente muerto, mi hija enloqueciendo y mi esposa en crisis, la familia real se destruye con cada segundo que pasa. Nunca quise ser rey, nunca quise tener el peso del poder sobre mis hombros. Lo que muchos desean con toda la fuerza de su espíritu yo lo tengo y no lo quiero. Las frialdades de las ceremonias y los ritos han envuelto mi ser desde niño, nunca lo quise. La falsa figura que inventé, de rey fuerte y comprometido, se derrumbó con el secuestro de mi niño. No le encuentro sentido a nada, me siento vacío, pequeño en un mundo inmenso de infinitas oportunidades flotando en la nada. No puedo enfrentarme a una guerra, no podría ver morir a mi familia, a mi gente. Recuerdo las veces que mi padre me miraba altivo, hacía un repaso detallado de mi rostro y, con una expresión de asco, concluía con un contundente "Cobarde e inútil". Jamás me perdonó la muerte de mi hermano, deseó hasta el último de sus días que las cosas fuesen diferentes y que el fallecido por la enfermedad debí haber sido yo. Un cobarde que conocía las intenciones de los reyes de Itar tan sólo un día después del gran evento y que silenció por miedo. El mundo, incoherente, parece dejar de regirse por normas racionales.
 Desde las alturas, la Ciudad Central se envuelve en la noche. Las luces de las ventanas hacen de continuación al firmamento mientras yo, erguido sobre la balaustrada del más alto balcón del palacio, ruego que mis vísceras bañen el suelo y adormezcan mi alma culposa. Lo último que siento es el frío aire acariciando mi rostro.

Fragmento n°50: Tu cara

— Pero usted no es... ¿¡Príncipe Lucelum!?

 Los guardias reales abren las puertas, una sonrisa brota en mi cara y voy directo al palacio. Las calles de mi ciudad parecen abrirme el camino. El hielo de mi cabello se derrite, el calor vuelve a mis manos y siento fuerte mi corazón latiendo.
 Cada vez más cerca, la estructura que me vio crecer se alza entre nuevos muros, una energética felicidad envuelve mi semblante: escucho los gritos. Bajo del caballo y veo cómo gente alrededor grita, sin prestarme atención. Los guardias abren las puertas y veo la escena: mi madre, vestida con una prenda blanca, se deja manchar por la sangre de mi padre, destrozado sobre un rojo suelo pedregoso. Todo transcurre lento y da vueltas: los alaridos, mi visión, mi mente. Me quito la capa y camino entre aquellos, quienes me reconocen y me permiten pasar. Arrodillado, próximo al gigante dormido, me limito a elevar la cara de mi madre.

— La guerra comenzó. — digo con convicción férrea, entre tanto mi cabello y ojos se tornan del color de un populoso mar.