domingo, 17 de marzo de 2019

Profundidad

 El aire pega en mi frente dolorida, alivian mis ojos avellanas y me hundo en mi propia nada hasta volver a moverme tan sólo para olvidar el poco sentido que tiene todo.
¿Para qué? suena en mi mente como si la frase rebotara en cada esquina de mi cráneo. Me da miedo convertirme en aquel ser gris, iracundo y ciego que puedo imaginar en mi futuro. Cuanto más pienso en lo inmenso que es el universo más poco sentido tiene toda la realidad aparente. Hay bálsamos, momentos únicos de perpetuo presente -los poesía- que te acercan a un estado más verdadero, más real, único y conectado al ''no se qué'' que es tan grande, misterioso y mudo que no podemos sacar información a menos que lo dejemos entrar en nosotros.
 Hacer silencio y respirar son la llave, sentir el presente exacto, ser conscientes del preciso momento, es la entrada. Me cuesta mucho incluso sabiendo que el proceso fue tan largo como mi propia vida. El mundo se conoce mejor a través del empírico auto conocimiento, ese que te dice lo que amas de una persona, lo que no podes tolerar de otras, ese sentimiento que nace al darte cuenta que le diste tu tiempo y amor a alguien que nunca lo valoró, o esa cerveza fría con la compañía de un ser tan interesante que te deja sin aliento. Hay impulsos que viven y mueren tan seguido que no nos damos cuenta porque estamos demasiado ocupados mirando sin ver, escuchando sin oír e incluso tocando sin sentir.
 Uno puede tocar la mano de alguien pero ¿la estás sintiendo más allá del tacto como nivel inicial? ¿Cuantas veces nos permitimos ir más allá en las cosas simples de la vida? La caricia de una madre, la mano de una cariñosa abuela, el calor de la palma de un nuevo amor ¿alguna vez te detuviste, respiraste y sentiste con el glorioso presente esa energía?.
 El ser humano es energía concentrada, liberando de sí mismo a diario, absorbiendo de otros y el mundo a cada momento ¿Que energía consumís? ¿Qué energía emanas?. Hace tiempo me di cuenta que una forma muy interesante de responder esto es sin hablar y, por supuesto, analizándote con tenue dedicación el como vos sos en el mundo, vos sos para el mundo, vos dejas que el mundo sea en vos.
 ¿Acaso ir a la terraza en una noche estrellada y ver hacia arriba te permite asegurar a viva voz que estás contemplando el cielo? Ir tan profundo en ese único pensar, dejar de lado todo recuerdo y preocupación inmediata para hundirte tanto que te marees por el presente perpetuo de tu unión y esos pensamientos. Hacer caminar a las yemas de tus dedos en la espalda de un amor, ver el movimiento mágico de los árboles siendo sacudidos por las corrientes de viento, escuchar quebrar la leña de una fogata improvisada o tan solo mirarte a los ojos en el reflejo de un espejo, pero de verdad.

 ¿Que ves en esos ojos? ¿Miedo, felicidad, amor, tristeza, cansancio, nostalgia, culpa? ¿Podemos ver en el cabello de una persona una historia nueva que inventar? ¿Somos capaces de interpretar las ojeras ajenas hasta darles una mejor forma? ¿Nos atrevemos a besar más allá de lo superfluo? ¿Acaso somos lo suficientemente valientes como para ir mucho más profundo?
 Estamos en tiempos donde vivir en la superficie resulta cómodo e incluso es aplaudido. Se rechaza el sentir, el ir más allá, el crear: parece obligatorio olvidar que hay magia detrás de todo. No toda profundidad es buena, algunas destruyen, otras salvan, hay de las que molestan, inquietan y cambian y otras que se mantienen estáticas, no dicen nada -pero dicen el doble de nada que de la nada simple veíamos desde un principio-.
 Lo esencial es invisible a los ojos, dijo el zorro, me digo a mí. Hace un tiempo me sentía obligado a ver más allá hasta que lo olvidé y comencé a experimentarlo sin ser consciente de que lo hacía. Hundirse tiene ciertos peligros porque hay una necesidad imperiosa de hacer presente nuestra sensibilidad, sin eso no hay poesía. Estamos expuestos. Desnudos de espíritu vagando por un mundo armado, psicótico, deseoso de vivir aparentando y tan contaminante que preferimos guardarnos, pero esa forma de mirar el exterior también podría hablar de la energía que emanamos, incluso de la forma que nos percibimos a nosotros mismos.
 Hay un momento en el eterno presente donde no hay nada y en esa nada lo está todo, ese todo rodeado de un silencio pacífico, acogedor, protector. Siento que hay algo muy grande pero muy hondo de nuestro ser que interactúa con todo lo que somos, con todo lo que consumimos alguna vez y cada día. Un proceso de autoconocimiento que es tan profundo que no sólo nos hace conocer a nosotros sino al otro, a la naturaleza, al mundo. Es esa desnudez la verdad que nos asusta, huimos por más distracciones para hacer que el tiempo siga pasando con el afán de olvidar la ignorancia de vivir, lo absurdo de existir. Respirando y fluyendo con las palabras me vuelvo a preguntar ¿Acaso soy lo suficientemente valiente como para seguir yendo más profundo? Mientras haya belleza detrás de todo, hasta el último día.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Sueño nostálgico

El amarillo camino giraba hasta formar un circulo perfecto.
 ¿Por qué? Después de varios meses estando sólo me sentí cada vez mejor, más fuerte, más espiritual y hasta más superficialmente bello. Toda aquella energía focalizada en él se había dispersado tras la ruptura. Había partículas que debería proteger antes de que se pierdan, aunque muchas se marchitaron con mi amor. El polvo se chocaba con las mismas y yo, tapando mis ojos para percibirlas mejor, trataba de limpiarlas con un leve soplido de mi orgulloso ser. 
 Aparecieron elementales de varios tipos para observar y corroborar que algo anormal sucedía en la chispa y la laguna de mi esencia: volví a cerrar los ojos y los dejé pasar. La tormenta se mantenía por fuera del escudo invisible y extenso que coloqué por sobre todo mi jardín personal; fuerte, procuraba no dejar entrar el pasado llenando las flores de un curioso rocío que me mantenía anestesiado del dolor. 
 Me volví insaciable dentro del gran caparazón del sentir. 
 Tan libre como el viento, tan fluido como el agua, tan pasional como el fuego y tan terco como la tierra; formaba astros con mis manos, animales con mis gemidos y elementales con mis deseos. Los recuerdos se quedaron fuera de aquel nuevo terreno virgen: algunas veces se enojaban y se transformaban en tormentas, otras en vientos huracanados que se deshacían al chocar con el invisible protector, en rayos certeros que apenas debilitaban mi creación. Pasó un tiempo hasta que los ignoré por completo pero un ser delicado, alado y obsesivo me suspiró tristeza desde adentro. 
 Corrí, vibré, sentí el aroma de la naturaleza hasta por mi piel. Un espíritu estupefacto sucumbió ante la imposibilidad de tocarme y desde fuera me enseñó un gran árbol y un beso de enamorados; reí con sarcasmo. Con la fortaleza de un ave protegiendo su nido me hice aguacero sin que nadie se diera cuenta. El cielo fuera del domo era tan limpio como adentro. Con cuidado baje como puro líquido y me filtré por la tierra -escurridizo y para nada sonoro- para escuchar de cerca a mis molestos vecinos. Los elementales que golpeaban para entrar eran tan solo los violentos y tristes, estaban llenos de heridas y hasta más de uno lloraba recuerdos, pero atrás había algunos con formas preciosas esperando la apertura de mi alma jugando, cantando, danzando e incluso uno se dedicaba a meditar. 
 Nací fuera materializandome como flor de cerezo, me mantenía alerta y camuflado. ''Me duele'', ''No me lo merecía'', ''Intenté arreglarlo tan fuertemente...'' se escuchaba en el aíre cerca de los más opacos mientras que del otro lado, más lejos y brillantes, murmuraban: ''Te extraño, pero no podía dejar que sigas destruyéndome'', ''Me acuerdo de la vez que nos conocimos'', ''Me prometiste que ibas a volver''.
 Un pétalo de mi ser se marchitó de inmediato y caí con la ligereza de una pluma al viento para luego encenderme y como invisible humo volver a mi resguardada cúpula. Los seres, que aún permanecían dentro, besaban mi cuello, otros mi boca, había quien susurraba mi nombre con una peculiar melodía. Mi corazón latió fuerte, comencé a llorar.

El domo se rompía, las grietas iban avanzando como liebres buscando resguardo de la tormenta y yo, mirando las nubes, los dejé entrar. Todas las palabras, llantos, sonrisas, abrazos, caricias, ansiedades, alegrías, despedidas, reencuentros, besos, miedos y deseos golpearon mi cuerpo físico al mismo tiempo; el pecho dolía, las manos ardían y mi alma palpitaba al compás de los golpes, de la lluvia y de mi corazón. 
 Después de unos minutos de intenso sentir todo se volvió silencio, abrí los ojos y una esfera brillante, multicolor, flotaba frente a mí invitando a todos los recuerdos a entrar en ella. Cuando los elementales entraron (ambos, violentos y pacíficos) dieron origen a algo que no esperaba en absoluto: a mi mismo. Me paré excitado, con miedo levanté mi mano y la extendí. ''Aprender a amar duele'' me dijo, me dije. Lo abracé porque supe todo lo que sufrió por ese amor, sólo yo podía saberlo porque él (el joven del árbol) nunca pudo verlo sufrir ensimismado en su propio dolor. Pude contemplar como tanta ansiedad corrompió su mirada, su cuerpo y debilitó su espíritu. 

 Aquel reflejo amó con todo su corazón y su destinatario sólo lo desmereció, desvalorizó y mintió hasta el último momento. Me daba pena aquel ser que tenía enfrente, no quería que sea parte de mí porque, además de tener consigo el gran aprendizaje de aprender a amar de verdad, tenía a su diestra la tristeza del miedo a abrir de nuevo el corazón, la áspera ansiedad copulando pesimismos y la falta de aprecio ante su destrozado estima. 
 - ¿En que nos hemos convertido por amar? Alguna vez pensaste que querer a alguien podía transformarnos en ésto? - me decía, yo me detenía a escucharme -. - El amor que se tuvieron jamás va a volver de la misma forma pero, déjame decirte algo, tampoco va a desaparecer.
Se acercó, tocó mi cara incrédula, me tomó de la mejilla y al mirarme a los ojos concluyó:
- La tranquilidad es la antesala del equilibrio, siendo el equilibrio la antesala de la armonía. El respeto es una virtud y valorar un don. El amor nunca se termina, se transforma. Pero ¿que hacemos con ese amor que queda? Hay varios caminos que terminan en forjas de ese sentir: podes reformarlos en silencios y recuerdos, podrías redirigir esa energía que queda en vos mismo -valorando lo que quizá el otro no pudo-, o podes caer en la forja más básica, un tanto cobarde: el olvido junto al falso bienestar. Si ese amor que queda se intoxica se vuelve en nuestra contra hagamos lo que hagamos, nos sentimos fuertes al principio y desinteresados luego pero te aseguro que en la tercera etapa, ahí en el final, tan sólo queda un amargo vacío. Este vacío es de esos inevitables, culposos, mostrándose al fondo de tu café o en los subtitulos de tu serie favorita. Y vos ¿Que vas a elegir? ¿el camino del falso olvido? ¿El del bienestar hipócrita?... -.
 El jardín era cada vez más y más pequeño, las flores no morían pero se convertían en mariposas de diferentes especies que se alejaban al cielo. Todo caía y yo respondí suave y seguro: el silencio, el recuerdo, el aprendizaje y sobre todo la añoranza.
Volviendo a ser uno con mi reflejo me siento fuerte pero ahora tengo miedo porque un mar de nuevas preguntas vuelven a circular por mis venas ¿Por qué lo heriste tanto? ¿Por qué jamás te disculpaste con el corazón? ¿Por qué golpeaste sistemáticamente lo más sensible de su ser cuando estaba en tus temblorosas manos? ¿Por qué le mentiste mirándolo a los ojos? pero sobre todo, ¿Por qué dejaste de ser aquel joven que tenía miedo de perderme y siempre estuvo esperando en el último peldaño de la escalera?

Estoy sobre un trozo de tierra mojada, flotando en un plano que no conozco bien. Aquel jardín ya no existe porque me terminé convirtiendo en él. Y parado sobre mi propia esencia diviso un bollo anaranjado repleto de pequeñas manchas de blancas estrellas. Avergonzado me acerco y noto que es tu forja de papel barrilete siendo yo los garabatos del pasado de tu sentir. Lo tomo con mis manos para luego dejarlo ir con el viento que con susurros te reprocha: ¿Qué estás haciendo con aquella promesa de amor que quedó? ¿Que estás haciendo con ese amor? ¿era amor?
 La conciencia anhela oportunidades y el martirio un descanso sereno: en cenizas se disipa la agonía del no ser amado y, al final, se esfuma la idea en mi pasado: ya no queda nada más que unos pocos recuerdos. Creo peldaños con el barro de la última decepción de primavera, comprendiendo -satisfecho- la importancia del amor pero hacia mi propia alma, ese nuevo destino a donde me dirijo con unas cicatrices llenas de miedo pero una mirada repleta de ganas de volver a ser yo pero... sólo por mí. Porque ya no siento, soy libre.                               

domingo, 7 de octubre de 2018

Recuerdos elementales

El sol sigue ahí aunque esquives su figura en el firmamento.
 En las noches los recuerdos regresan como etéreos flameando en mis tímpanos, algunos murmuran mientras que otros se limitan a observarme archivar los momentos en algún lugar de mi mente, sitios donde no pueda encontrarlos deprisa si un impulso quisiera revisarlos. Bajo el cielo estrellado se acercan, algunos más brillantes, otros opacos, los hay incluso trasparentes pero todos se materializan con diferentes colores y formas, uno terroso, regordete y perezoso que bosteza entre la hierba; otro ocre, flaco y veloz que va y viene zumbando mis oídos mientras deja vestigios de viajes amarillentos en el aire; el azabache opaco que lo consume todo por lo que suele estar algo solo; o puedo mencionar al rojo con forma de tigre que se pasea rugiendo amor -dando o recibiéndolo-; imaginen que estos tan solo son algunos de los tantos. Con cada meditación en el bosque algunos entes cambiaban de apariencia, al principio no entendía como la vez que vi al ocre ser un verde pálido en forma de serpiente que chillaba molesto. Varias noches tardé en comprender que los recuerdos no cambian por si solos sino que me necesitan a mí, mi mirada les otorga poder e identidad por lo tanto formas y actitudes. 
 Me gusta pensar que la luna me observa con interés o que los árboles son una compañía más terrenal que los etéreos, así como mi refugio favorito es el frondoso árbol que me da cobijo los días de lluvia. La lluvia me recuerda mucho a mí, desde que soy pequeño tengo una fascinación por ella, puede cambiar mi humor y alterar mis sentidos. Mi abuela decía que soy tan maleable, puro y fresco como el agua que si se queda quieta se enturbia, que si se pierde se enfría, pero que también soy fuego cuando me lo permito, puedo ser cálido como una fogata en el invierno o abrasarlo todo si le doy rienda suelta a mis impulsos intensos. 
 Una vez me enamoré del viento <<fruncí el ceño aún con los ojos cerrados, me limito a moverme a pesar que un recuerdo me está picoteando la sien>>. No era un viento cualquiera, era mí brisa, eso fue lo que lo diferenciaba entre el resto de las corrientes. Cómo viento a veces es algo cambiante pero lo conocí siendo una brisa de verano <<el recuerdo en forma de etéreo ahora me golpea el pecho, dramático y molesto>>. Cuando vengo a meditar trato de no pensar en él, lo extraño tanto que podría hacer aparecer mil recuerdos inventados, que jamás existieron, tan solo para sentir su presencia más cerca a pesar de la distancia. Sé que ni el sol ni la luna van a desaparecer por más que me esfuerce en no mirar al cielo pero al menos puedo fingir que allí no están y mantenerme a salvo de sentirlos propios. Hay días que en la mitad de las meditaciones abro los ojos y no sólo miro los recuerdos sino que también juego con ellos teniendo sus consecuencias: algunos lastiman. Una vez jugué con azabache y si bien él no quería dañarme me atrasó varias noches de entendimiento, o cuando jugué con el rojo que me llenó de un alto impulso de reencuentro reviviendo cada caricia o palabra de amor: en esta última no fui tan fuerte y volví por una infusión juntos, mis ganas de sentir la brisa eran tan grandes que busqué un nuevo etéreo que sea parte de mí.
 En las noches que paso acá me aíslo no sólo del mundo sino también de mi mismo que inesperadamente me lleva a nuevos reencuentros con lo que soy, ese yo esencial que de vez en cuando se olvida de quien es o para que vino a este plano <<me duele la nuca, abro los ojos y al darme vuelta puedo verlo: azul con alas blanquecinas, un etéreo me lleva a nuevos momentos>>. 
 El viento pensó que aprendería de mi fuego la cálida virtud de amar al mundo, pensó que de mi agua podría entender cómo se puede ser río luego de permanecer cómo un lago congelado: él pensaba demasiado. Cómo elemento dual me dediqué a nutrir su aire llenándolo de humedad o templándolo con calor, hasta que ya nada de eso sirvió para mantenerlo rodeando mis llamas o golpeando mi lluvia: el viento necesitaba ser acompañado de las montañas, de los árboles. Ni mi llama tornadiza, ni mi lluvia sustentable impidió que se pierda en el camino y se aleje de mí buscando otros elementos <<El recuerdo dejó de picotear mi frente>>. 
 ¿Y por qué insistir si la razón no se controla? El aire me rodeó agradecido esa última vez que nos reunimos, algo había hecho bien. Él estaba frío, yo me sentía sólo: mirándonos a los ojos nos hicimos la promesa de volver a reunirnos algún día.
 <<Puedo percibir como los etéreos me rodean casi satisfechos pero ansiosos por estarlo por completo, algo faltaba para apaciguar su busqueda constante de sinceridad>> 
Cierro los ojos con más fuerza y mi alma susurra en el silencio cómo un suspiro de última palabra de amor: estoy lejos y te extraño, pero si las montañas del horizonte, la tierra protectora y realista, te dan lo que cómo viento necesitas entonces nuestra decisión fue la acertada. Y si estoy acá rodeado de recuerdos es para entender que por más que no mire a la lontananza para esquivarte la mirada, una parte de tu céfiro permanecerá en mi como tu recuerdo de la misma forma que una gota y el reflejo de una chispa vivirá por siempre en vos: no puedo hacerte feliz, por eso espero que estés donde estés encuentres esa seguridad que sólo la tierra puede darte, yo desde acá siempre voy a amar recordar tu brisa en mi mejilla derecha y tu perfume en la izquierda.
<<Cuando abro los ojos los recuerdos festejan y se inclinan gustosos>> 
Mi tormenta ahora es llovizna y mi incendio una chimenea controlada.

lunes, 29 de enero de 2018

Desaparecer para ser (Diario, página 20.2) | fin: 15/03/14 - 29/12/18

Estuve tiempo sin escribir porque suelo hacerlo cuando estoy muy alborotado. Ese estado de choques de ideas me mueve por dentro y toca fibras que duelen pero movilizan, como un shock eléctrico que nace y siento en el pecho -a veces más abajo, desde el diafragma-. No puedo creer las cosas que he pasado desde que terminé la secundaria. Era un nene que salía al mundo buscando alcanzar sus sueños aunque eso significase atravesar falta de sueño, soledad, tristeza, angustia, ansiedad, cansancio, viajes largos, idas y vueltas, pedir ayuda, correr por la calle de punto en punto -juraría que podrían haberme atropellado más de tres veces-, trabajar y estudiar, dormir en una plaza cuando tenía que hacer tiempo y sólo había dormido 3 horas en casa.
 Recuerdo el banco al que iba en los tiempos muertos, era ahí cuando me daba cuenta que estaba cansando -mental y físicamente-. Mi cabeza no paraba de pensar en lo que quería ser y en lo alejado que estaba de eso así que me sentaba en el banco de la plaza de la biblioteca de Recoleta y miraba a las personas, no de una forma siniestra como podría ser con estas ojeras que en ese tiempo juro eran más oscuras de lo que naturalmente son. Buscaba ese banco por la sombra que generaba, abrazaba mi mochila como si mis sueños estuvieran dentro. Acto seguido y con unos ojos achinados del cansancio, examinaba como se movían las personas, como los nenes pedían a los gritos algo que quieran a los padres, o todo lo contrario, se limitaban a regalarse sonrisas entre sí. He visto señores muy ancianos que no perdían la elegancia ni en un pelo de, casi siempre, su escaso cabello, señoras que tenían intacto su sentimiento de superioridad, se les notaba en su cuello (al menos yo los noto en su cuello), miradas furtivas entre hombres y mujeres -también entre hombres, la verdad es que nunca noté entre dos mujeres-, adolescentes bohemios y otros demasiado estructurados. Empecé a ver más allá de las personas. Aprendí a apreciar la tranquilidad también: brisas que mueven las ramas y hacen sonar a los árboles, el sordo sonido de las hojas que caen y pegan contra la vereda; la hermosa luz que pasa entre las ramas y crean marmolados en uno. Y me dormía, con miedo claro, de que me roben lo poco que tenía. 
 Me vivía preguntando el ''porque'' de hacer todo eso, de sufrir tanto. ¿En serio amas tanto esto como para vivir así, con esta ansiedad y cansancio constantes? ¿Vale la pena? Claramente los callaba con música y rescatando lo lindo que podía de las personas o del paisaje. 
 No me sentía el protagonista de mi vida, para mí sólo era un paisaje más, música de fondo en un café de ciudad, como... un papel al viento que golpea con los parabrisas de los autos, los vidrios de los negocios, que pasa por debajo de los colectivos y vuelve a remontar en alguna corriente de aire hasta elevarse. 
 Ese primer año, cuando una de mis personas favoritas en la vida me eligió primero para la beca entre muchos adolescentes esperanzados, fue el peor de mi vida en este cuerpo. Entré a ese lugar con ojos de niño, no sabía a donde me metía, yo solo tenía una imagen en mi cabeza y era a mi yo maduro haciendo arte, siendo arte y buscando ser (ser) el ejemplo para los entes que a veces deciden ser grises porque dejan de creer en la magia. Me pisotearon, me subestimaron, y yo entre tanto ego y superficialidad desaparecí. Era necesario describir un poco el pasado, ese antes de esa imagen mía en la plaza, lo que me llevó a a estar ahi. 
 ''Desaparecer'', estaba totalmente solo, era el chico raro. Nunca pensé que lo sería pero ahí estaba, en una esquina -la inferior izquierda-, escuchando comentarios vacíos en su mayoría, risas contagiosas que no me contagiaban, criticas por lo bajo y sobre todo indiferencia. Si no sabías nada, no eras nada, no existías. Y si bajabas la cabeza peor aún. Quisiera describir un poco ese ''Desaparecer'': es el sentirte nada, también cabe el sentirse sin rumbo como mi metáfora reciente del papel en el viento. Desaparecer conlleva olvidar quien sos y pasar a ser algo que siquiera reconoces. Me miraba en el espejo y no sabía quien era, a donde iba, ni que hacía ahí en el baño del estudio reuniendo fuerzas para salir y sentarme en la clase, en un piso de madera cuidado, repleto de energías que abruman. Podría detallar comentarios, o anécdotas precisas que no vienen al caso en absoluto. Mi arte había sido extraviado junto a mi esencia que al parecer solo aquel hombre podía ver detrás de mis ojos, lo extraño mucho.
 Un año después estaba reconstruyendome, probando nuevas máscaras, estaba tan aburrido de ser el ser invisible que empecé a buscar cual personalidad me quedaba mejor. Ninguna funcionó y me rendí al poco tiempo, quién hubiera dicho que rindiendome me empezaría a encontrar.
 Tiempo después, cuando ya dejé de concurrir a ese lugar, me sentía culpable. Es como esos casos donde uno extraña lo que le hace mal, supongo que había adquirido algún sentir masoquista.
 Cada vez fui alejandome más, y más, fui dejando las máscaras, en el camino conocí a otro papel en el viento -beige y dulce-, empecé a abandonar mis imágenes de ''quien tendría que ser'' para sustituirlas por ''lo que quiero ser hoy''. No está mal pensar en el futuro, ¡No está mal soñar! si no hubiese soñado con fuerzas no hubiese buscado esa beca, no la hubiera obtenido y aceptado que algo me hace diferente, no me hubiera comunicado con ese maestro de amor que me acompañaba con el silencio -nos hablábamos, sin palabras, literalmente-, mi espiritualidad no hubiese sido puesta en juego y fortalecido en el proceso, no hubiera conocido al chico que me dijo que en su trabajo necesitaban gente, no hubiera conseguido ese trabajo a once cuadras del estudio, no me hubiese hecho tan fuerte, mi arte sería -seguramente- un tanto inmaduro aún, no habría conocido a personas hermosas en mi trabajo (y cuatro o cinco en ese estudio, pero ya casi en las ultimas), no hubiese tenido la posibilidad de conocer al papel beige que terminó junto al mío en el árbol de la plaza -la grande- ni crecer lo que crecimos juntos. 
 No tenía idea que después de tanto tiempo iba a hablar de esto más concretamente, quizá porque vive muy conmigo aun, pero está superado en mi alma. Me siento fuerte, mi arte se siente fuerte y mi alma grande. El universo-dios actúa de formas muy inusuales, la verdad es que lo mejor es dejarse llevar por él. Mis sueños solo eran una excusa para conocerme mejor, así que no te reproches demasiado si algo no sale como querías porque todo, pero todo, tiene un propósito. Estamos en este mundo para aprender, no te lamentes demasiado con las negativas, y si se hace que sea por lo injusto, y todo lo que creas que que vale la pena levantar la voz. 
 Si no hubiese soñado, no hubiese tenido estos nuevos sueños. Soñar hace bien, soltar hace bien. 
Muchas veces me puse a pensar que haría si me dieran la posibilidad de ir al pasado y cambiar mi rumbo por completo... y no, está perfecto así como se dio. 
Confía en el universo.
(Amor).

viernes, 22 de septiembre de 2017

El yo-maestro (Diario, página 20)

No hace mucho aprendí algo muy preciado que no vino de mi, aquel guía me lo formuló mientras descansaba la mente y fue claro: ''No necesariamente tenes que buscar todas las respuestas arriba, tenes la sabiduría de aconsejarte a vos mismo sin necesidad de acudir a mi. Ahora si buscas en vos y no encontras la respuesta, ahí si buscame'', es lo más cercano posible a lo que sentí que fue el mensaje.
 Y efectivamente nunca se equivoca, es ahí donde está la ligereza de la verdad, el maestro interno que todos dejamos de lado y espera tranquilo a nuestra llamada: nuestro yo. Buscamos afuera, arreglar las cosas, a nuestra vida en general cuando a veces el caos viene de adentro. Buscamos respuestas en el exterior de forma constante cuando quizá la manera más eficaz de encontrarlas es cerrando los ojos, escuchando el silencio que actúa como pacificador de pensamientos -para dejarlos fluir- y luego ser real. Todos sabemos que es lo mejor para nosotros, cual es el camino correcto a decidir. Todos podemos ser maestros de nosotros y de los otros, como otros son maestros de nosotros sea cual fuere el grado de evolución espiritual que tengan. El maestro no puede enseñar cosas que no sabe, que no ha vivido en carne propia, por eso siempre que aconsejo -o me aconsejo- va desde mi experiencia. 
 ¿Ahora como aconsejarnos entonces a nosotros mismos? Si es cierto que muchas veces necesitamos la ayuda de otros pero suele pasar que está muy cerca nuestro la llave para que todo se encauce. 
''El camino hacia el interior, es el camino hacia el exterior. Si yo me conozco, te conozco. Todos somos espejos del otro''
 A veces me siento perdido, confundido, irritado, caótico. Lo bueno es que hoy en día lo acepto, y en estos momentos intento atrapar esa luz que sé que hay en mi, esa sabiduría -ilimitada que todos tenemos, desbloqueada de a poco (y de a ratos si no se es muy puntilloso)- que me hace sentir lleno de amor. Hay días que me desconozco, no se bien quien soy y me hago preguntas como ''¿Por qué siento esto?'', ''¿Por qué actúo/actué así?, ''¿Esto que pienso soy yo realmente?'', entre muchas otras... Si, somos todo y más. Siempre hablo que la mejor forma de trabajar es desde la templanza y la aceptación, dejarlo ser. Uno no puede ser su maestro en el caos de vivir, y es cuando es necesario ser astuto. Nos tocó encarnar en un mundo donde aprendemos rápido, somos huracanes de información y sentir, y a los más sensibles puede atontarnos -mas no intoxicarnos, solo marearnos-. Me falta demasiado para elevarme, tengo tantos defectos en mí que no podría enumerarlos y eso está bien, el ser consciente está bien ya que la inconsciencia deriva en el no-dinamismo: congelamiento (sin darse cuenta). Entonces sé que casi siempre tengo que ser yo mi maestro, tengo que aconsejarme desde el amor y no desde el ego. Es fácil decirlo, difícil vivirlo día a día. 
 Estamos llenos de monstruos que deben ser combatidos día a día, algunos los creamos nosotros, otros nos los crean. Duele la ansiedad que camina en el pecho, lanzando pensamientos con piernas de plomo que caminan despacio por la mente como cansadas de repetir el mismo camino, y respiro.
 La idea no es reprocharnos nuestras oscuridades, la idea es abrazarlas y pedirles que se vayan de la misma forma en la que vinieron, pero claro sigue sin ser tan fácil. 
 Nos han programado para la autodestrucción porque tienen miedo a que sepamos que construyendo podemos llegar más alto de lo que imaginamos; más alto que nuestros miedos, nuestros fracasos, nuestras incapacidades, nuestro ego. Hoy y siempre digo que no a eso. La ansiedad no me la genera el sentirme perdido, o confundido, o irritado: no. La ansiedad me la genera el miedo a no poder ser lo suficientemente fuerte como para matar mis monstruos,  que este miedo me haga actuar de formas bajas y destruya lo que he construido con esfuerzo y amor. Te amo tanto que me siento débil, tan frágil... tan... indefenso. ¿Amar es darle al otro el poder de destruirte? 
Quizá deba consultarlo con mi yo-maestro, supongo que alguien tiene miedo a sufrir y crea dolor previo -inventado- para resguardarse. Creo que ya entendí... el miedo al dolor es un acto cobarde, vivir valiente y amar aunque falle... eso es lo correcto.
Me agradezco. 

domingo, 25 de junio de 2017

La brisa (Diario, página 19)

 Murmurando, tenue nube que gira formando tu rostro en mi ventana,
ahora nublado, confunde. Y es que el mediodía cambió su color, y tu mirada el nivel del dolor.
Que te desvele la incapacidad de mirar a mis ojos una vez más, el sonido de un tenor marchitando su esencia, reñida de espasmos que producen chirridos de amargura. Tu frustración encarnizada rodeando un ser compasivo optó por canalizar odio en tus pupilas frágiles, en tus manos entumecidas por la injusticia del ser.
 Las alas aún te dolían ¡pero las movías!, terminaste por desplumarte por completo, cansadas de un entorno toxico que las dañaba.
 Tu vergüenza fantasmal decidió tapar las heridas con odio, tiñendo tu alma dañada pero pura, en una constante llanura cutre, esa donde abundan los personajes quejosos, esos que envenenan. Grité tu nombre, me alejé y volví tantas veces que mis pies marcaron el camino hacia vos como una sombra que se pegó a tus tobillos y se arrastraba vayas donde vayas. ''Basta'' mascullé en tu oído pero retumbó debajo de tu piel, no te detuviste.
 Me fui con una carga en mis espaldas -marrón, gris y anaranjada-, el amor embotellado y un hilo débil que até de tu cintura a mi dedo por si querías tirar de él. En esos kilómetros marcados por el otoño, envié mis más bellos sentimientos al mismo tiempo que reconstruía mi cuerpo y mente.
 Empezaste a tirar de la cuerda pero, inesperado, mi sonrisa cambió a un leve gesto de dolor al ver como tirabas hacia abajo y me golpeabas contra mi bienestar. El monstruo que aceptaste odiaba ver feliz a aquello que amabas sin tu ser presente, así que inyectabas dosis de tu destructiva nueva forma de sentir en mis anhelos y esperanzas. Caí algunas veces pero me levantaba, respiraba y exhalaba sin soltar el hilo. Fueron varias las veces que me callé el dolor de mis manos hasta que empezó a sangrar.
 Tomé el hilo con fuerzas, la lluvia que me enamoró se había evaporado por completo. Tiré de él contundente mas no violento, cosa que me hirió más pero... al fin lo arranqué de vos. Es raro decir que fue un alivio porque mis manos quedaron doliendo.
 Días más tarde -sin rastro de su existencia, ni de la mía desde su perspectiva- caminé cerca de la calle en la que nos conocimos y me atasqué por algún motivo, al darme vuelta me detuve y entrecerré los ojos por los rayos del sol que impactaban mi rostro. Contemplando una escalera grisácea que se mantiene impune divisé su alma antigua (separada de la actual) esperándome paciente para saludarme con pena. Me acerqué, y vi pasar por mi mente cada momento que vivimos juntos, cada pluma al viento y cada persecución que hice para rescatarlas. Ese ánima no era más que un manojo de recuerdos pero con la consciencia intacta como si fuese un ser ajeno. Se acercó tambaleando, me sentí amado una vez más, al menos por un segundo. Las hojas de los arboles bailando por el viento eran el único sonido que apreciaba, todo se detuvo dando paso a sus palabras. Al oído me dijo sollozando que me amaba y que era mejor que me aleje por completo, que iba a lastimarme con sus nuevas garras. Saqué la botella donde guardaba el amor y se la dí ensimismado: todo el contenido lo derramé en el pasado, brillaba sobre él, por siempre y eterno. Yo seguí mi camino pero esta vez solo atado a mis recuerdos y lo que alguna vez fue, cuando me di vuelta ya no estaba ahí y yo ¿a dónde iba?

viernes, 26 de mayo de 2017

Borradores de lo que somos (Diario, página 18)

 ¿Que es esa magia que se manifiesta en algunas personas ante nuestros ojos -a veces solo para nosotros- y nos hacen querer estar con ellas, juntos de alguna forma, porque te hacen sentir una poesía sin necesidad de un halago sutil o un apretón de felicitación? ¿Cómo es que algo hermoso con el tiempo se corroe, y despega sus afiches corporales mostrando paredes viejas y un espejo en el cual al mirarte te ves como alguien común y corriente? Veo mis ojeras y una caminata rígida, mirando al horizonte esperando decir lo mucho que quiero despegarme de esa nueva ansiedad que me produce lo que antes me resultaba algo inspirador.

 Me encanta la naturaleza de las personas, es inquietante conocerlas -tanto como conocernos-. Imagínense que nunca terminamos de conocernos a nosotros mismos ¿en serio esperan saber cada rincón del corazón, mente y alma de los otros seres humanos que aparecen en nuestras vidas?  Pero antes de ser un aventurero con gustos por la inspección de terrenos amorosos-amistosos-políticamente correctos con otras personas es mejor tener en cuenta algo que suena básico pero que a veces se nos olvida: todo cambia. Es la vida, movimiento puro como el agua, quieta se estanca... y así pasa con las personas y las relaciones, quieta se pudre opacando lo cristalina y sanadora que fue en un comienzo, o no, puede que no sea del todo sanadora al principio pudiéndola graficar como un monstruo seductor pero compasivo e inteligente que te habla al oído (que cuanto más te mira más se caen sus escamas y aparecen sus plumas), y así miles de posibilidades. 
 Nos enseñaron a aparentar y realmente eso es muy desgastante ¿pueden creer que hay personas que aparentan ser algo que desean ser incluso mintiéndose a ellas mismas? esos son los peores casos. ¿Pero que pasa con la poesía que siempre me gusta nombrar y doy vueltas? 
 Los humanos son inconstantes en casi todos los aspectos y eso es lo que nos hace particularmente hermosos u horrendos, o quizá promedios también ¿por qué no?... nos encierra a todos, seamos como seamos. Ahora tengamos en cuenta algo, sabiendo que las personas aparentan en diferentes grados -no necesariamente el que más aparenta es el más alejado a su yo real-, hay que sumarles lo que dibujamos en nuestra mente de su ser por como se muestra, como nos habla, nos mira, por su vida, o incluso nuestra intuición. Me gusta imaginar esta parte de las relaciones simplemente como una pagina en blanco donde vamos escribiendo... y borrando, escribiendo y borrando, y así constantemente. Si comparamos el papel de la idea que nos hacemos de los otros seres en el comienzo (la primera vez que se cruzan palabras, que se miran) y la que escribimos en unos meses después podemos sorprendernos. Ahí podemos tener en cuenta varias cosas también, si a los meses el papel de la idea tiene algunos pobres borrones y solo te dedicaste a agregar nuevas virtudes-defectos-etc, ése ser es alguien que sabe aparentar perfectamente, o es muy si mismo. 

 Por lo tanto es normal que solamos decepcionarnos o incluso decepcionar a las otras personas, porque no solo nosotros creamos los papeles de ideas, si no, que los demás crean los suyos con nosotros. Saben poco de nosotros en realidad así que sabemos poco de ellos.
 Cuando le di vueltas a este pensamiento recurrente en mi cabeza sobre que pasa con las poesías que creo poesías y luego no lo son, los monstruos que creo monstruos pero después son inofensivos, y varios otros fallos, borradores con hojas arrugadas que colecciono en la memoria... me doy cuenta que está bien.
 Si, está bien. ¿por qué deberíamos encasillarnos en papeles de ideas simples? creo que si miro mi vida diría que yo también he escrito y roto varias ideas de lo que era, incluso ahora tengo una idea de lo que diría exactamente mi borrador, pero no somos eso si no todas aquellas hojas de los que alguna vez nos miraron y se equivocaron o acertaron. Somos también la hoja del joven triste, la muchacha autodestructiva, la del radiante como el sol, la hoja de los cafés nocturnos. Somos todo eso y más.
 Como conclusión diría que somos pura energía en movimiento y la aceptación del cambio de otros, como del nuestro, es primordial para estar un poquito más cerca de lograr tranquilidad en nuestras relaciones. Por eso es que yo no espero nada de nadie, ni quiero que ellos esperen de mi. Actúo como puedo y soy por mi borrador actual y por la forma en que las dos hojas contemporáneas interactuan entre sí: hacen una buena obra juntos o ya no vuelven a entenderse.
 Por eso es que las relaciones se acaban, se dan un tiempo o se compenetran a la perfección. Por eso también es que la poesía que vemos en algunas personas muere, son solo puros papeles que se arrugan de cientos de anotaciones que se reemplazan, todas en el suelo de lo que somos.